viernes 20 de enero de 2012

AMBAS ERAN PLÁSTICAS BELLEZAS, líneas
de contraste, con esa piel absorta misteriosamente
en la luz súcuba del bar, luz que parece devorarlas
desde no se sabe dónde, aun en los atardeceres
chorros de luz muy blanca ardiendo por las formas
anulares, muslos trémulos, carreras por los pechos
tersos sin estrías

Una, la más joven, sostenía la mirada como si fuera
algo delicado que hubiera de preservar
La otra, la mayor, inteligente, ambiciosa, descarada
culta incluso, conocía nuestros límites y en qué momento
de la noche cohabitábamos su carne sin permiso
ni presencia y era su sonrisa cáustica un espectro a espaldas
de los hombres que esperaban la oportunidad

La pequeña era una nínfula sumisa, dócil, clandestina
en aquel antro y la mayor
podía hechizar durante horas. Una no soltaba palabra y otra
en cambio no soltaba la palabra. Tardes suspendidas
en las que su lengua hipnótica ha bailado
en una boca donde algunos, con el esqueleto
de ceniza subrayando el filtro del cigarro hubiéramos
vendido el alma por eyacular eternamente

Quedaba entre las dos un abismo inexorable de
experiencia, el monstruo de la tentación repitiéndose
en su mordisco doble

Pero elegí mal, y como sucede en estos casos
sin perspectiva ni esperanza hoy me doy cuenta
de que habría sido más hermoso quebrantar
un silencio inmaculado con su cuerpo y mis caricias
(o algo más) que ahora desear que esta maldita
de aquí al lado se muera o se calle para siempre.

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