miércoles 27 de julio de 2011

LA PASIÓN SEGÚN SAN ATEO
DRAMA JOCOSO EN SEIS ESCENAS

PERSONAJES

TOMÁS MORO, ENRIQUE VENTURA, JUAN PESCADOR, amigos.
SEÑORA CARMEN, vieja.
BLASILLO, perro de la Señora Carmen.
FRINÉ, puta.
DON TADEO, adúltero.
ISABEL, cornuda.
EDUARDITO, hijo de la Señora Carmen.
JOSÉ, marido prófugo de Friné.



ESCENA PRIMERA

La acción transcurre en uno de los dientes mellados de un barrio abyecto, periférico, de una ciudad infame del mediterráneo español. Apartamentos de protección oficial de cuatro o cinco pisos sin ascensor, cableado externo y fachada destartalada con frisos colgadizos no más de medio metro, muy apretados unos con otros, verja estrecha pero firme, todo ello con aspecto aparatoso y pintura descamada de venirse abajo con el primer bochorno del mes de agosto. Un calor húmedo estigmatiza el ambiente y lo potencia en su desolación. Cuelga todavía en el frontispicio un cartelón oxidado del Instituto Nacional de la Vivienda, que luce yugo y flechas. Cuarto piso. Portal con escalera estrecha y poca luz. Habitáculo modesto: un cuchitril cuadrado, con dos sofás en la sala, una mesa baja, una televisión de plasma, treinta y cinco pulgadas, un portátil y varios ceniceros dispersos. Una galería comunica la estancia por una cocina donde pende el balcón trasero. Su inquilino es Tomás Moro, joven, veintipocos años, emancipado, tamaño estándar, pelo ensortijado y morro picado en recuerdo de una excesiva adolescencia superada. Sus visitantes y amigos, tunantes, moda urbana, uno, Enrique Ventura, ligeramente pelirrojo; el otro, Juan Pescador, advenedizo, orejas desmesuradas disimuladas por una melena lacia hasta más allá de los hombros. Maneras y habla histriónicas, pedantonas, sobrepasando la cursilería. Bien entrada la tarde. Puede oírse desde abajo la última parte del cuarteto número trece de Beethoven, Gran Fuga.

VENTURA.- Mal pinta el fin de semana. He visto que los carros huyen hacia la costa.
PESCADOR.- Yo no tengo plomo en la riñonera.
VENTURA.- Las jamelgas se entretienen con poco.
MORO.- ¿Quién manda?
VENTURA.- Abre esta puerta, por ventura.
PESCADOR.- Qué puta la del segundo.
VENTURA.- Hace semanas que no propone. Cada vez se vende más fina. Una que piensa engañarme.
PESCADOR.- Enséñale quién es el jinete.
VENTURA.- Me he cansado de apretarle el lomo con la espuela.
PESCADOR.- ¿Y cuánto pide?
VENTURA.- Por pedir no se ajusta la mordaza. Por engrasar el torno veinte pavos.
PESCADOR.- Juego clandestino.

Hacen sonar una puerta enclenque. Abre Tomás Moro.

MORO.- En buenhora. No me piséis ahí, está mojado.
VENTURA.- Fregonas más flacas he visto. Muchachos, hoy no es un gran día. Tenemos la calle vacía. La rapiña ha volado a la brisa, y éste no tiene un cubo donde escurrirlo. Estamos jodidos, saca la botella.
MORO.- Afincáos en los sofases. No me piséis lo mojado.
PESCADOR.- ¿Qué le das de comer al gato? Está inmenso.
MORO.- Matarratas.
VENTURA.- Otro día sin mojar.
MORO.- Tengo entendido que frecuentas Palacio a menudo.
VENTURA.- Cuando recibo boleto.
MORO.- Esa cortesana, además de mesalina, hace cuentas con camorristas. Está loca y no es inofensiva. Además está casada y puede que vuelva un día su marido a recoger sus bultos.
VENTURA.- A sus hijos los encierra en el baño mientras me engatusa.
PESCADOR.- Es una serena.
MORO.- He visto al vecino encaramarse a veces al balcón por detrás. Algún regalo le dejé sin querer. Casado y con vástagos. El patio de luces merece su nombre.
VENTURA.- Ése supo elegir número. Aunque, en fin, la vetusta de aquí al lado es fácil de desarmar. Se quitará los dientes para hacer labores.
PESCADOR.- Polluelo.
VENTURA.- Debe tener patrimonio debajo del catre.
PESCADOR.- Mujer experimentada.
MORO.- Tengo entendido que sufre de narcolepsia y sordera. Es toda una tumba la vieja.
PESCADOR.- ¿Cuánto combustible tenemos?
MORO.- No llegaríamos a Tebas.
VENTURA.- En la manifestación ya sacan los litros. Esto se queda grande, la quiebra no es crediticia. No se avanzará hasta que la huida de los mercados sea provocada por un cuchillo muy afilado. No les daremos el gusto de poder elegir la retirada sin su porción de cuero entre las nalgas. Se ha desplegado el bando chovinista. Estamos llenos de Charlottes Cordays que ponen polvos de talco a la verdadera revolución. ¿Y el reinado del terror que necesitamos?
MORO.- Los cordeleros están siendo sofocados por la masa.
VENTURA.- El buen jacobino sabe despojar al cordero de las faldillas de una sotana.
PESCADOR.- Tienen sede en Marina d'Or.
MORO.- Los amigos del monarca se concentran en el coliseo. Hay que desamortizar a las estrellas del fútbol y el pop, saquear los estudios de televisión parásita y volar por los aires Comisiones.
VENTURA.- Que cortarles la cabeza habría. Arranquemos de raíz la doctrina financiera. Los engranajes del nuevo aparato social-religioso se engrasarán con sangre. Mi padre ya murió en batalla, chirriando. Le colgaron las manos de un árbol.
PESCADOR.- A tu padre lo matasteis tú y tu madre.
MORO.- Parricida.
VENTURA.- Gran amante.
MORO.- Edipo Rey.
PESCADOR.- Qué puta la Friné.
VENTURA.- Por este balcón se llega a la ventana sin saltar.
MORO.- Valiente Don Juan.
VENTURA.- No hagáis chanza. La vieja está vieja, dormida y sorda. El responso es claro.
PESCADOR.- Bendeciremos su mesa.
MORO.- No quiero altercados en este alcázar.
VENTURA.- Tengo ya un pie en el escenario.
MORO.- Comedia finita est. Yo no paso del palco, ni aplaudo la alevosía. Vuelve, majadero.
PESCADOR.- Te has equivocado de fulana, la otra pinta más abajo.
VENTURA.- Pero ésta sirve anís para templar los nervios.
MORO.- Yo me desentiendo.
VENTURA.- Callad, no vayamos a despertar a la veterana.
PESCADOR.- ¿Duerme?
VENTURA.- No veo nada.
MORO.- Matarás de un susto a la bendita si te pilla en su pazo. El marido fue cazador.
VENTURA.- Cuelga en el bar la cornucopia. Seguidme, no hará falta ariete; la ventana bate, las bisagras no rechinan.
PESCADOR.- Está oscuro.
VENTURA.- Ninguno de los dos clarea.
MORO.- Cabrones sans-culottes.

Enrique Ventura, seguido de cerca por Juan Pescador, se mueve por la terraza. Tomás Moro monta atalaya desde lejos, en el sofá, con su gato obeso. La Bastilla, franqueada por un ventanal semiabierto, cede tras una luz tenue que se disipa en la primera comunión con la claridad tísica de la tarde, dejando entrever los muebles de una salita repletos de porcelanas. Ambiente herrumbroso. Hedor de algo indefinido. Entran los dos amigos.

VENTURA.- ¿Dónde guarda la vieja los maravedises?
PESCADOR.- No pinta que los tenga.
VENTURA.- Custodiados los tiene en buen puerto, como todo grande de España. Es meritorio cooperar con la revolución. A los señores hay que pasarles la factura en papel de estraza.
PESCADOR.- No me figuro a la consorte en peluca y tul.
VENTURA.- Que no te engañe una jubilada. Su pensión es vitalicia, como la de un político. Conserva intactos los galones.
PESCADOR.- Joder, apesta. ¿Qué es este tufo?

Una luz torva, cegadora, se enciende súbita.

SEÑORA CARMEN.- ¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?
PESCADOR.- ¡Qué aspaviento!
VENTURA.- ¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban?
PESCADOR.- El hijo de puta es señor del sábado.



ESCENA SEGUNDA

La morada de la Señora Carmen: porcelanas por todas partes, como insignia heráldica. Espacio opaco, donde más importa la forma insinuada que el detalle. El desplazamiento ha sido a oscuras por tanto, con cautela, cruzando un pasillo largo y estrecho, exento de decoración concisa. Un ruido imperceptible al final, acompañado de una luz estremecida y gélida. El hedor es cada vez más áspero, más inexacto, penetrante. La acción se desarrolla al final del recorrido, en el baño. La Señora Carmen está sentada sobre el váter. Mujer rechoncha, de unos ochenta años, tobillos hinchados y calzas oscuras de media rodilla. Luce un vestido holgado de color rosáceo con motivos primaverales. Su permanente es severa, ojos dóciles y nariz redonda y pequeña. Empuña un escalpelo. La habitación está llena de sacos de sal gorda, un balde de plástico cubierto con un trapo de paño, botes indefinidos y herramientas variadas. Olor extremo a resina y biocidas. En la bañera, cubierto de sal hasta la barbilla, languidece el cadáver de un anciano. Entre la Señora Carmen y el exánime, un perro de tamaño medio tirando a pequeño gruñe y carraspea. Suena un crujir de pieles y músculos, como en una carnicería. Ella, mientras habla, continúa su labor.

PESCADOR.- Oh joder, voy a vomitar.
VENTURA.- La Hostia.
SEÑORA CARMEN.- Esperad, mozos.
VENTURA.- Señora, mis respetos. Hemos perdido nuestro halcón. No queríamos importunar, conocemos la ventana. Tengan buena tarde, usted y su marido.
SEÑORA CARMEN.- Gracias. Mi marido falleció ayer.
PESCADOR.- Ya veo.
SEÑORA CARMEN.- No creo en el luto. El luto es para la calle. En casa, una sola, guarda las galas dentro, y con el diablo.
VENTURA.- Guárdelas usted donde no se extravíen. Juan, arreando. Salud, matrona.
SEÑORA CARMEN.- Fue cazador, aunque de eso hace ya mucho. La vida yo empecé a ganármela en la frutería. Teníamos algunas tierras, una herencia de la madre de mi madre, probecica. Allí en el Sur la vida era mu mala cuando chica. Se cerró la frutería y nos vinimos toda la familia donde estaba el trabajo. Y aquí conocí a mi marido, hace casi sesenta años.
PESCADOR.- Son muchos años.
VENTURA.- Usted es más de aquí que yo.
SEÑORA CARMEN.- Uy hijo no. Uno es de donde nace. Ya puede uno pasarse en otro lao toda la vida que uno es de donde le echaron el agua en la coronilla. Allí la vida era mu dura, en el cortijo. Pero qué bonito el campo. Tengo de recuerdos. En verano qué amapolas, y el trigo crecía y se ponía todo dorao, como una cúpula al mediodía. Mi hermano me llevaba a hombros después de la siega, y el señorito me decía, Carmencilla, eres más pequeña que una espiga, y mi hermano, probecico él, me hacía decirle, es que este año ha salío mu alta, señorito.
VENTURA.- Un beatus ille.
SEÑORA CARMEN.- Hemos vivido casi toda la vida en el barrio de las Tenerías, mi marido y yo.
VENTURA.- Hermoso arrabal.
PESCADOR.- Voy a vomitar.
SEÑORA CARMEN.- Ahora vuelve a estar la vida mu mala. En la tele sólo echan que malas noticias. Antes vivíamos con menos pero mejor. Tampoco faltaba de nada. Las puertas de casa las teníamos siempre abiertas.
VENTURA.- Mejor brisa corría.

La Señora Carmen destapa el cubo, donde una masa de tripas se adapta a la forma circular del recipiente. Arranca una porción, se levanta y se aleja por el pasillo. Se oye un rumor de aceite hirviendo. Al poco tiempo vuelve canturreando con el montón humeante en un plato hondo de porcelana, que deja a la altura del animal. El perro come lentamente, transido.

SEÑORA CARMEN.- ¡Blas, Blas! Mi pequeñillo. De la miseria de pensión de mi marido hemos vivido más de quince años. Ni para enterrarlo dignamente tengo. ¡Ni para declararlo muerto!
PESCADOR.- Te dije yo que la señora no era de las de rapé y lunares.
SEÑORA CARMEN.- ¿Cómo?
VENTURA.- Hablaba usted de su marido.
SEÑORA CARMEN.- Puede parecer de locos todo esto.
PESCADOR.- No, no.
VENTURA.- Es un verdadero despliegue de aparato artesanal.
SEÑORA CARMEN.- Veinte años he curtido yo pieles. Mi marido era cazador, como he dicho.
VENTURA.- ¿Y qué abatía su marido? ¿Pasó a la mayor? ¿Acaso prefería la liebre y la perdiz?
SEÑORA CARMEN.- Echa un ojo en el dormitorio. La primera puerta a la derecha. Esa cabeza de muflón la ayudé yo a secar. Dentro guarda el hueso, muy buen apaño. Una prenda de Sierra Morena. Qué barbas. Parece el mismo Satanás.
VENTURA.- Buenos pitones.
PESCADOR.- Y a su marido dónde piensa colgarlo.
VENTURA.- Perdone a mi camarada.
SEÑORA CARMEN.- Puede parecer de locos todo esto.
VENTURA.- No se me antoja tal diagnóstico.

Por vez primera interrumpe el trabajo para fisgar a sus contertulios. Luego baja lentamente la mirada hasta la altura de sus manos, puestas una encima de la otra. Tras un silencio de visible emoción, observa de reojo al fiambre y en una espiración reanuda la faena.

SEÑORA CARMEN.- Es muy delicado este pellejo, se crispa al menor roce. Se trabaja bien con el jabato. Es necesario a veces vaciarlo por demasiado grueso. Mira, mira, mira cómo se acanala todo. La tripa es lo primero que se desprecia en la limpieza. El disecado es distinto, más sencillo, se aprovecha namás que el cuero. No hace falta despanzurrar al animalillo si se hace con maña.
BLAS.- ¡Aghaghgrrragh!
SEÑORA CARMEN.- ¡Come lento, bandido! Es asmático el probecico. Ya está añoso. Me quedo sola cuando él falte, si no es que estiro yo antes.
VENTURA.- ¿No tiene usted linaje?
SEÑORA CARMEN.- Tengo siete hijos. Dos machos y cinco hembras. Julián, el segundo, se me murió de chico de una pulmonía. Si lo cuento, he tenido ocho. No se dirá que no haya cumplido con mi naturaleza.
VENTURA.- Número legítimo, encomiado por ciertas diócesis piadosas.
PESCADOR.- Notable alto.
SEÑORA CARMEN.- Esta parte es delicada, ¡San Judas Tadeo! Un tajo limpio de la muñeca al pescuezo. ¡Ay Santa Rita! ¡Ay! ¡Ay, qué le he hecho a mi Abraham! Esto ya no se endereza.
PESCADOR.- Voy a vomitar.
VENTURA.- Tire sin miedo. ¡Uh! Herramienta tosca. La incisión más profunda, eso, eso, hasta la yugular.
SEÑORA CARMEN.- ¿Quién quiere una copita de aguardiente?
PESCADOR.- En vaso de tubo.
BLAS.- Grrr.
VENTURA.- Es buen digestivo.
SEÑORA CARMEN.- Un Ojén. Como iba diciendo, tengo siete hijos, pero nadie asoma el morro. Y tengo de nietos que ya ni me acuerdo. David, la María... ¡qué cabeza! Claro, ninguno viene a darle a la abuela una alegría. Yo ya no me puedo mové. Hace que no pongo un pie en la calle.
PESCADOR.- ¿Y cómo consiguió postrar a su marido en la bañera?
SEÑORA CARMEN.- Me lo topé asín, desnudico todo él y con los ojos cerrados, como un beato.
VENTURA.- ¡Uf! Esta uva la vendimió Baco.
PESCADOR.- He notado el ardor hasta el duodeno.
VENTURA.- ¡Qué libertador! Con qué resolución ha cruzado las aguas del mar rojo.
PESCADOR.- El faraón nos pisa los talones. Si cierro los ojos puedo verlo encenagado todavía, hecho una momia.
VENTURA.- Ábrelos, que lo tenemos en efigie.
PESCADOR.- Había olvidado la visión. Esta dinastía toma en serio el Mishná, en materia de purificaciones.
VENTURA.- Ramsés II se está removiendo en la tumba.
PESCADOR.- Ahí va, un exiliado. Mejor fuera que dentro.
BLAS.- Grrr.
VENTURA.- Vaya falla. Te ha sentado a las delicias el brebaje.
PESCADOR.- No me quejo. La chispa ya la tengo. Me faltan los cuernos.
VENTURA.- Y un San Jorge que te toree.
BLAS.- ¡Aghaghgrrragh!
VENTURA.- Guárdate, Cancerbero. ¡Sus! ¡Sus!
SEÑORA CARMEN.- No muerde, es mu bueno él. ¡Blas! Ven aquí, ¡condenao! ¡putillo! Qué compañía me hace la criatura.
VENTURA.- ¿Por qué no la visita su familia?
SEÑORA CARMEN.- Más horas de tajo y el sueldo mustiao desde hace abriles. Resignarse y aguantar so pena de destierro. Falta de coyuntura. O así dicen ellos. La factura del teléfono muy alta, eso o yo estoy muy sorda. Los nietos prefieren las cuadrillas de fechoría que a la abuela. Todo el día al paseo, y claro, con tanto monte se han asilvestrao. Tocará apalabrarles un cohete para que me asistan.
VENTURA.- Los ministros toman el helicóptero para ir al escusado. Llámanle prudencia.
PESCADOR.- Sus pilotos son los únicos que sacan plaza por concurso. Medidas de seguridad.
VENTURA.- El cardiólogo de mi padre le confesó que entró por ganga. Que su vocación era la de protésico. Después del susto le pasó el importe del marcapasos, y no aceptaba tarjeta.
PESCADOR.- ¿Le cobró por el crucifijo?
VENTURA.- Era ateo, prefirió vasija de cerámica chapada en oro y rubíes.
PESCADOR.- En San Pedro hacen oferta de dos por uno con carnet de católico.
VENTURA.- Católico y jubilado, como en el autobús y los museos. Señora, usted fue familia numerosa.
SEÑORA CARMEN.- Eran otros tiempos.
VENTURA.- ¡Cómo multiplica este licor!
PESCADOR.- Ponzoña legendaria.
BLAS.- Grrr.
SEÑORA.- Las niñas son más conflictivas que ellos, que después de todo están bien acalzonados por sus mujeres. Tuve un rifirrafe con la mayor hará un tiempo. Cosas de reproches de cuando rapaza. Yo no le di más coba al asunto; ella no ha vuelto a tirarme el aliento. Poco hablo últimamente con ella, y sólo por teléfono, y sólo porque yo la llamo.
VENTURA.- Les das el pulso y se encargan de acelerarlo.
SEÑORA CARMEN.- Me abrí el vientre afligiéndome y con gusto, todos ellos por igual lo saben, nunca quise esconderme la costura. A lo hecho, dos pechos que han sentío el amor de unas encías que queman con cada rorro como la sangre virgen.
VENTURA.- ¿Y las demás desagradecidas?
SEÑORA CARMEN.- Acatan el cauce de la primera. Con la pequeña tuve mayor refriega. Cosas de la droga, un hijo bastardo y un aborto en Inglaterra. Luego una recaída, un tratamiento de choque y la vuelta al marchitarse natural de la vida. Sólo Dios sabe desaprovecharnos mejor.
PESCADOR.- Permitid que me siente.
SEÑORA CARMEN.- Aquí ya he acabao. ¿Queréis ayudarme a auparlo un poco? Cogedlo por la sobaquera.
PESCADOR.- A otro con ese muerto.
VENTURA.- Yo no me hallo.

Exhuman como pueden los dos amigos el cadáver, no sin cierto miramiento. La cabeza del muerto cuelga ahora hacia afuera, tiesa como un mástil. Queda el cuerpo descubierto de cintura para arriba, revelándose unas criadillas azuladas y mustias que contrastan con un bálano enhiesto. Tras un esfuerzo vano por mantenerse íntegros se tambalean. Juan Pescador se encarama convulso a la pared azulejada y vomita copiosamente. Enrique Ventura se ve desfallecer. Su última imagen nítida es la de la Señora Carmen acercándose con un rollo inmenso de cinta aislante.



ESCENA TERCERA

Pasada la medianoche, una claridad minúscula termina de trepar el patio de luces. Fuma su cigarro en la balconada don Tadeo, el putas, que enseña a través de la camisa de camata un pecho revuelto donde brilla el crucificado. El tizón de la colilla se extingue con la última luz de las ventanas, ya selladas por un vecindario achacoso. Cuarentón, el putas forma parte de la última remesa generacional de chavales que ha correteado por el edificio en tiempos prósperos. Ahora, como cada madrugada, don Tadeo disimula la impaciencia. Todo queda en la penumbra.

DON TADEO.- Psss, psss, ¡psssssss! ¡Friné! No se pispa la muy mengana.
FRINÉ.- Deberías templarle los lienzos a tu señora.
DON TADEO.- Tiene el despertar difícil.
FRINÉ.- No es para menos.
DON TADEO.- ¿Qué te hace gracia? ¿No oíste los bramidos?
FRINÉ.- Los del somier, apenas. Los de ella, no. No se te culpa, chulo. Tú pones de tu parte.
DON TADEO.- ¡Buscona!
FRINÉ.- ¡Cazagrillos!
DON TADEO.- ¡Calla! Calla y déjame pisarte lo mojao, que ando tibio.
FRINÉ.- Espero una visita importante.
DON TADEO.- ¿De menistro?
FRINÉ.- Y toda la cohorte. Vienen a condecorarme por los servicios prestados a Gobernación.
DON TADEO.- ¿Ya eres secretaria?
FRINÉ.- De asuntos internos.
DON TADEO.- ¿Y acaso no conoces mis derechos?
FRINÉ.- ¿Pues no ves que tengo constitución?
DON TADEO.- Y qué bien constituida. Esos artículos necesitan una reforma. Déjame saltar.
FRINÉ.- Atrás liebre, o te abollo la corona.
DON TADEO.- Es legítima. La gané por conquistas.
FRINÉ.- No toquetees ahí, roñoso.
DON TADEO.- Déjame entrar, que me descalabro. Agárrame el cetro, que me pesa.
FRINÉ.- Guárdate las formas.
DON TADEO.- Calla y acoge a este polluelo en tu madriguera.
FRINÉ.-Te llevas otra chuleta si sigues con esas. Vete y no te sobrepases. ¡Suelta eso!
DON TADEO.- Estate quieta, ¡zorra!
FRINÉ.- ¡Déjame!
DON TADEO.- Te voy a dejar sin perlas, fresca.
MORO.- Don Tadeo, entendemos por el bastón de mando dónde se te manifiesta la sangre de los Bonaparte.
DON TADEO.- Ahueca el tragadero, niñato.
MORO.- Yo te corono monarca del primer cantón imperial del barrio de los soles.

Dos pisos encima se une a la gresca Tomás Moro. Sonrisa socarrona, espectador privilegiado, controla la escena con acento demiúrgico, consciente de su condición de delator. Tras las últimas palabras torvas, desenvaina, apunta con fineza a la cabeza del putero y lo inviste de laureles.

DON TADEO.- ¡Yo te mato!, ¡bastardo!
MORO.- Calla, que despiertas a la parienta.
DON TADEO.- Espera que suba a ajustarte el camauro.
ISABEL.- ¿Qué pasa, Tadeo? ¿Qué es esta jarana?
MORO.- Cuidado con el monstruo, Teseo, que le tienes la cornamenta afilada. Empitónalo si embiste, que duerme con un ojo entornado.
FRINÉ.- Se armó. Yo me rajo. Mala landre me mate si más los escucho.

Aparece la voz de la esposa ultrajada, precediendo a su cuerpo. La galería se anima, las miradas se vuelven más furtivas.

DON TADEO.- Isabel, ¡qué insomnio!
ISABEL.- ¿De qué chubasco sales tú?
DON TADEO.- ¡Este miserable, regando los claveles!
ISABEL.- ¡Vaya horas! ¿y esta pupila?
FRINÉ.- También andaba yo nutriendo el musgo, pero ya me iba.
DON TADEO.- Con este bochorno uno no plancha oreja.
MORO.- Don Tadeo, usted está más biruji que un lechuguino. Le van a florecer las ideas.
DON TADEO.- Gracioso el zagal.
ISABEL.- Entra y sécate.
DON TADEO.- Y luego una tila.
ISABEL.- ¿Qué hacías?
DON TADEO.- Buscar refrigerio.
ISABEL.- Pues yo te veo escaldao.
DON TADEO.- No será para tanto, ¡mujer! Algún sofoco llevo, con este tiempo infernal.
ISABEL.- Y abriste la trampilla para airearte, ¡ten pundonor!
MORO.- ¡Ja, ja, ja!
ISABEL.- ¡Tadeo, no me toques el sayo!
DON TADEO.- Venga, mujer.
ISABEL.- Te lavas y al diván de chola.
DON TADEO.- ¿Con ésas?
ISABEL.- ¡Solo!
MORO.- Hoy has cortado orejas y rabo. Es usté un mitra, ¡don Tadeo!
DON TADEO.- (Cuando te ponga el abalorio en el cuello...).
ISABEL.- ¡No me toques el sayo, Tadeo!
DON TADEO.- Mujer, ¡por dios!
MORO.- ¡Ja, ja, ja!



ESCENA CUARTA

El salón de Tomás Moro de madrugada es como el busto de un emperador recién labrado en arcilla: hierático, amarillento y disimulado por una luz favorecedora. Hay poco sueño en la estancia; la tele centellea por la silueta de su espectador, que se halla postrado en el sofá con estampa trasnochada. Latas vacías de cerveza sobre la mesita recogen el espectro luminoso de las ondas, como fuegos fatuos. El gato ronronea apoyado en un cojín. Lo sacan de su aturdimiento unos golpecitos en la puerta. Entra Friné y se sienta. Se sirven una copa.

TV.- Lo que faltaba. Los gabachos se suman al interminable número de acreedores que masticarán la insolvencia de la patria. ¿Qué será lo último, desenterrar a Napoleón y ponerlo de jefe de gobierno? Comienzan las tensiones políticas entre chinos y gibraltareños por la posesión legal de acciones bursátiles en Algeciras. Señores, los valores están cayendo en picado, Rockefeller recomienda que, quien no lo haya hecho todavía, mueva el trasero y se ponga a vender tierra ahorita mismo, ¡una ganga! ¿de qué sirve la tierra sino para plantar zanahorias? Comprad bonos del estado, sí, sí, a libre elección y sin intereses.
MORO.- La pira justifica el indulto.
FRINÉ.- Otros modos de disuasión había.
MORO.- No con ese apóstata.
FRINÉ.- Su mujer tolera la herejía.
MORO.- Le falta inquisición.
FRINÉ.- Durmiendo he dejado al menos a los churumbeles. Me los había desvelado ese pedazo de buey con sus berridos. He subido por tumbar el sueño y distraer los nervios.
MORO.- Puedes quedarte a correrla.
FRINÉ.- Y darte las gracias, chato, este vecindario a veces es demasiado.
MORO.- Es el compendio de lo que la gaceta calla a diario sobre el mundo, el ejercicio corregido de un gallinero de histriones y mamarrachos.
FRINÉ.- Qué lengua.
MORO.- Todos hacemos papel.
FRINÉ.- ¿Y cuál es el mío?
MORO.- Reina de corazones.
FRINÉ.- Di mejor concubina de San Pedro.
MORO.- Se te pagará con óbolo entonces.
FRINÉ.- Demasiado poco me quejo. Y tú, ¿no mereces?
MORO.- No todos profesamos esa fe. Es cosa de masones, desde el presidente hasta el Papa.
FRINÉ.- Esos podrían hacer federación.
MORO.- Ya la tienen. Y qué buen uso hacen de ella.
FRINÉ.- ¿No será tu amigo entonces concejal de algún ilustre ministerio?
MORO.- ¿Ventura? Es l'ami du peuple. No tiene oficio.
FRINÉ.- Pues tiene manos de escultor el niño.
MORO.- ¿Es hábil ese Praxíteles?
FRINÉ.- Es tocón más bien. De un talento precoz.
MORO.- ¡Lagarto! ¿Ha tomado lecciones hoy?
FRINÉ.- Ni siquiera me ha mandado ordenanza.
MORO.- Pues es raro, porque venía con su factótum.
FRINÉ.- ¿El niño de la pelambrera?
MORO.- El mismo.
FRINÉ.- El pobre espera siempre tras la puerta, como un lázaro. No hay jornada que asome metralla.
MORO.- Tómate otro trago.
TV.- Una terrible tormenta solar asolará el mundo, ¿tienes ya tu búnker? La bolsa se tambalea a ritmo de flamenco: no todo lo que viste de lunares es calé. La vida privada es la vida mejor, privaticemos a la familia real. Madrid-Barça, el partido del siglo, otra vez. ¿Estás acomplejado? Este trasto te dota, sí, Dios mío, funciona: yo era escéptico con esos cachivaches, hasta que desollé a la furcia de mi vecina, ¡pam! De una sentada.
FRINÉ.- No creas que medie siempre el patrimonio. Una también tiene sus holganzas. Cuando algo gusta, ¿dónde hay menos ánimo de lucro acaso?
MORO.- En las oenegés, dicen.
FRINÉ.- A otro con ese bulo.
MORO.- No, no, es un chollo al parecer. Esas congregaciones ácratas llenan las calles de asalariados, ¿es posible? Aquí el gato se ha quedado tieso, que es lo siguiente.
FRINÉ.- Su actuación es lo más parecido al despliegue de los barrios chinos.
MORO.- Las ancianas que se ven abordadas por los pupilos de las nuevas sectas huyen siempre con excusa, ¡qué dirían si no de su falta de humanidad!. La gente prefiere encontrarse con el vagabundo de a pie porque con ese apalabrado es políticamente correcto no justificarse. Las estampas de estos nuevos credos son más sugestivas que las de la santa iglesia apostólica. Niños con leucemia y espigados por la inanición. El Cristo de la Cruz ya no impresiona.
FRINÉ.- No seas bruto.
TV.- Proponen el nombre de piecita en la vuelta a la peseta 2015. ¡Ni siquiera piececita los muy!
MORO.- Sacan partido de la miseria espiritual. Cualquiera vende hoy su alma al Estado del bienestar, sin hallarlo. Y lo llaman por ello la nueva Fe. En todo hay competencia y prostitución, ¡es lo único que nos queda! Pelandusquear por dos tragos de veneno, aun siendo el beatífico doctor honoris causa y poeta de numen consumado.
FRINÉ.- ¿Con licencia de ilustrado?
MORO.- Firmada por el consejero de cultura.
FRINÉ.- Le hago reverencia ¿En tan embarazoso estado queda el reino?
MORO.- Y sin corona. Veo cada atardecer a los mejores talentos de mi generación vivir del luto de los porches. Friné, la diáspora es inminente y en España el Moisés que nos guía es un traidor activista en las empresas de trabajo temporal. Los chulo putas ya pueden cambiar de oficio por otro menos honroso si quieren salir de ésta.
FRINÉ.- ¿Por quién me tomas?
MORO.- Por una santa.
FRINÉ.- ¡Ah!
MORO.- Santa María Magdalena fue egregia en sus artes.
FRINÉ.- ¿Me estás llamando fresca?
MORO.- ¿La llamaban acaso a Agripina, hermana y amante de Calígula? Prefirieron conocerla por madre de Nerón.
FRINÉ.- Tuvo alta cuna.
MORO.- Mejor la tuvo Julio César. Por lo que parece fue arena de recreo de Nicomedes y el rival más aventajado de la mujer del último rey de Bitinia. Curión lo tildaba de marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos. Se debieron haber cantado sus barraganerías y sin embargo lo recuerdan, figúrate el absurdo, ¡por dictador!, ¡al gran gigoló Julio César!
FRINÉ.- ¿Y por qué otra cosa podrían conocerme a mí?
MORO.- Por Liscia, amantísima esposa del emperador Claudio.
FRINÉ.- ¿Por mujer de noble casta?
MORO.- Y escabel bien merecido.
FRINÉ.- No seas adulador.
MORO.- Más lograrías.
FRINÉ.- ¿Sin intenciones, por caridad?
MORO.- Filantrópicamente.
FRINÉ.- Mi marido parecía el macho perfecto, claro, diez años atrás. Ahora, quién lo sabe. Dos condenados me ha dejado, como dos gotas de vino. Cuando los miro intento no relacionarlos, pero el muy bruto se dejó el alma incrustada en esos mequetrefes.
MORO.- Algo tuyo tendrán.
FRINÉ.- Los luceros achispados cuando preguntan por papá.
MORO.- ¿Lo quieres aún?
FRINÉ.- La mujer de bien es una mula a la que cuanto más se le curte el lomo menos se obceca y más suya se le siente, y tanto se aprieta, tanto cuesta el despegarse. Si a veces cornea es para demostrar que luce asta y que si mansa, mansamente aprieta la muela y obedece. Hoy es tan fácil desplumar a un pollo que resulta una provocación no hacerlo. La ley ampara y cuando el cuerno de la hembra punza, lo hace lentamente, sin huella ni virilidad, para que no se sienta más que dentro, muy adentro.
MORO.- Tómate otra.
FRINÉ.- ¿Qué plan llevas?
MORO.- Sólo el de santificar las fiestas.
FRINÉ.- ¿Y esto es de beata? Vaya, buena botella. La aristocracia no trabaja con las manos, ¿te tiembla ya la tuya?
MORO.- Ando bien, ya puestos no derrames gota.
FRINÉ.- La tengo firme del cuello.
MORO.- Bien agarrada está.
FRINÉ.- ¿Tienes aguante?
MORO.- De gentilhombre.
FRINÉ.- ¡Uy! En esa materia no dejo franciscano con capucha.
MORO.- Remata entonces, no te extravíes.
FRINÉ.- Qué bien entra.
MORO.- Podría entrar mejor, ¿lo quieres con hielo?
FRINÉ.- Calienta lo mismo, majo.
MORO.- Apúralo entonces.
FRINÉ.- ¿Así?
MORO.- Eso es maestría.
FRINÉ.- ¿Has oído? Ha sido un aullido terrible.
MORO.- El perro de la Señora Carmen.
FRINÉ.- Baja el volumen, ¿El perro de la vieja urla así?
TV.- Comedme los […].
MORO.- Es un licántropo a estas horas.
FRINÉ.- ¿Y ese ruido de locomotora?



ESCENA QUINTA

La acción se desplaza a través de la puerta, cruza el rellano mudo y entra a saco en el salón de la Señora Carmen, donde el espectáculo es atroz. Abatidos y amordazados en dos sillones macizos se hallan Enrique Ventura y Juan Pescador. Preside la escena un hombre corpulento de casi dos metros con traje de mecánico. Una caja de herramientas y una máquina de coser constituyen el eje de los preparativos. El desenlace se presume sádico. La Señora Carmen sale y entra de la pieza, cargando con baldes de agua que salpican el suelo y diluyen la sangre degradándola hacia el rosa como en una jeringuilla de heroína. Un fuerte olor a cloroformo y otras sustancias volátiles irrita la atmósfera. Suena la sonata para violín, violoncello y clave de Corelli número doce, tocada por George Enescu (clima brillante).

EDUARDITO.- Oíd, oíd. Y sin embargo, chicos, Dios no existe. Si hay algo parangonable a la idea de Dios ése es Wolfgang Mozart, y se murió, hace mucho tiempo. Y yo me pregunto, joder, si alguien como Wolfie estiró la gamba, ¿qué se les pierde a dos hijos de puta como vosotros por el mundo? A ver si me explico, muchachos, no perdamos la calma, a ver si podemos ponernos de acuerdo de una vez: si Mozart, si el gran Amadeus, si el magnífico Wolfgang Amadeus Mozart ha podido morir, ¡amigos!, centrémonos, ¿de acuerdo? Si el sublime Mozart ha podido morir joven, con tan solo treinta y cinco tacos, ¿por qué cojones os va a doler a vosotros despediros de esta tierra? ¿Habéis escuchado ese motete que compuso antes de diñarla? ¡Hostias! ¡Vere passum, immolatum! Miradme los pelos, como varas de mimbre. Hay una frase que suscribe lo divino, escondida en el Ruhe Sanft o en las pruebas del fuego y el agua. Lo demiúrgico se desarrolla en lo que calla su et incarnatus est (punto importante: Eduardito utiliza sus aptitudes declamatorias). ¡Entra de cajón! Han espichado otros que podrían haber regido perfectamente este fastuoso orbe y que tras su muerte no ha ocurrido nada en absoluto; el jodido sol ha seguido chamuscándolo todo, los huracanes han seguido arrasando pueblos enteros, la hierba se ha seguido cortando todas las mañanas a manos de millones de jardineros, simultáneamente, como un milagro, joder, envenenaron a Napoleón, nadie ha hablado de Fonollosa, ¡Castro sigue vivo! De grandes como Freddie Mercury o Michael Jackson sólo quedan los huesos, y vosotros, vosotros, ¿lloriqueáis por vuestras vidas? Eternos como Beethoven hicieron escarceos de su testamento veinticinco años antes de expirar, divinos así, que hayan sufrido diarreas mefistofélicas y la amputación del sentido más preciado, como eunucos, tan contrario a la maravillosa progresión del movimiento lento de su última sonata. Ciego quedó Bach y desapareció del globo como por arte de fuga. Duendes como Schubert han conocido su fin en los burdeles, a pesar de sus soberbios tríos. ¡Aúpa!, hombres como Hemingway se han volado la chaveta y a otros como Lorca les han volado la chaveta, y vosotros os creéis indispensables, ¡sois unos ilustres!
SEÑORA CARMEN.- Eduardito, no seas duro con ellos.
EDUARDITO.- Gente así me hace perder el tino, madre, no puedo reprimirlo, ¡mira qué fachas tienen! Alegrad esa fisonomía, cabrones, que hoy es el día más conmovedor de vuestras vidas, no lo podréis negar. Si os ha pasado algo más emocionante que esto contádmelo porque os juro que entonces, sólo entonces seremos muy buenos compadres. ¡Tú, pánfilo! Dime, ¿has vivido algo más apasionante en tu vida que esto?

Eduardito, sólo después de preguntar, despega la cinta de la boca de Juan Pescador, que lo mira con ojos lunáticos.

EDUARDITO.- Grita y te daré motivos para hacerlo de la buena.
PESCADOR.- ¡Joder! ¡¡¡Ahhh!!! ¡por dios!
VENTURA.- ¡Mmm!
EDUARDITO.- Te incrusto el jodido destornillador en medio de los huevos esta vez si vuelves a berrear.
PESCADOR.- ¡Por favor! Sí, ¡sí!, he, he vivido algo más, más emocionante.
EDUARDITO.- Entonces cuéntanoslo, ¡carajo! Estamos deseando oírlo.
SEÑORA CARMEN.- Esa lengua en mi casa, ¡Eduardito! ¡Que eres una eminencia!
PESCADOR.- Un día estuve a punto de perder la, la, la polla. Salté la verja de la casa de campo de mi a-abuela. Me clavé una escoba en los genitales.
EDUARDITO.- ¡Santa Madonna! Hoy vas a perderlo todo, colega, ¿te parece acaso esa nimiedad digna de mención? En la guerra mundial se han perdido más pollas que en todo el genocidio indígena.
PESCADOR.- ¡Vale! Tengo otra. De pequeño los mayores del colegio me obligaron a mirar cómo abusaban de un compañero de clase.
EDUARDITO.- Joder, ¿y eso te parece apasionante? Maldito enfermo de los cojones, te mereces una cosa lenta.
PESCADOR.- ¡No!, ¡no!, quiero, quiero decir, tuve pesadillas durante tantos años. Lloraba en la cama antes de dormir. Era sólo un niño. (Solloza silencioso).
EDUARDITO.- Tío, me has acabado de abombar. Te contaré una cosa. El psicópata probablemente más célebre del siglo XV, el cabronazo de Gilles de Rais, aprendió a ser un mamón desde muy joven, leyendo las vidas de los doce césares de Suetonio y ofuscándose con los emperadores más desquiciados. Se cargó, primero, a su mejor amigo de la infancia, luego fue un berseker en la guerra, después lo nombraron canónigo tras violar y martirizar a todo tipo de criaturas, se dio a la brujería y a la alquimia y combinaba sus orgías tremendas con la tortura, vejación y matanza de cientos de niños. Y al final, después de ajusticiarlo mandándolo colgar, siguiéndole una comitiva al tío hasta el cadalso, lo entierran con pompas fúnebres y misas solemnes. Ahora el hijo de la gran perra es eximio, un personaje insigne. Se escriben monográficos sobre él, grupos de música adoptan su nombre. Maldita sea, si yo os matara ahora mismo, nadie apostaría por mí. ¡El canalla no era siquiera bueno en política!
PESCADOR.- No harías carrera.
EDUARDITO.- Esto te lo he contado para que no te desalientes. Ha habido rachas peores en el mundo, como puedes ver. Os lo he dicho, Dios no existe. Todavía no he pecado amenazándoos con asesinaros. Ni siquiera lo he hecho todavía. Y aunque lo hiciera, no pecaría. Si Dios no existe, ¿tiene sentido acaso el pecado? ¿Dios es un concepto extramoral, o qué narices es? ¿Puede aplicársele cierto perspectivismo? Claro, cambiaría la noción entre el punto de vista de un ateo y el de un creyente. Y tú, ¿qué piensas de todo esto?

Eduardito, sólo después de preguntar, despega la cinta de la boca de Enrique Ventura, que lo mira con ojos severos.

VENTURA.- No me importa una mierda tu idea de Dios.
EDUARDITO.- Debería importarte. Es lo único que puede salvarte el culo.
VENTURA.- Eres un alcornoque.
EDUARDITO.- ¿Cómo?
VENTURA.- Sí, hombre, un alcornoque. Ya sabes.
EDUARDITO.- Ya sé, ¿qué?
VENTURA.- De las contingencias del Cristo en Galilea, sus imprecaciones. Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis.
EDUARDITO.- ¿Qué les ocurre?
VENTURA.- Todo ese parlamento sobre el amor hacia el enemigo. El crucificado habla sobre amar a los enemigos.
EDUARDITO.- No me digas.
VENTURA.- Él mismo emplea el término con total autoridad: enemigo. En fin, haz lo que te gustaría que te hicieran, eso es anarquía.
EDUARDITO.- ¿Anarquía?
VENTURA.- Lo es. Y el primer principio que cumple la anarquía es el de contradicción. ¿Le corrompió el poder al nazareno? ¿Quién es culpable, quien se deja llamar señor o quien accede a sumirse?
EDUARDITO.- Ambos.
VENTURA.- Ninguno es culpable, pues existe el enemigo. Son contrarios, no culpables. Sólo ejecuta la ley quien la otorga. El juego está servido. Mira a tu madre y escucha las enseñanzas del Señor. Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé buen fruto.
EDUARDITO.- ¿Te parezco un alcornoque?
VENTURA.- Cuando eches brotes sabrás, al verlos, que es inminente el verano. Así, también vosotros, cuando veáis que está cerca mi pasión, sabed que se aproxima el Reino de la Libertad.
EDUARDITO.- ¿En qué lugar me deja a mí eso?
VENTURA.- Eres simplemente un pedazo de alcornoque, un esclavo.
EDUARDITO.- ¿Esclavo, de quién?
VENTURA.- No eres un hijo, eres un esclavo, eso es todo.
EDUARDITO.- Soy linaje de Abraham.
VENTURA.- El esclavo no se queda en casa para siempre, mientras que el hijo se queda para siempre. ¿Es ésta tu casa? Yo sé que sois linaje de Abraham y, sin embargo, intentáis matarme porque mi palabra no tiene cabida en vosotros.
EDUARDITO.- Mamá, ¿es ésta o no es ésta mi maldita casa?
SEÑORA CARMEN.- Nadie te echó, tú te fuiste solo, con ese pendón además, y nos dejaste a tu padre y a mí al fresco. Con esa golfa a cuestas, de picos pardos, que ni siquiera te ha dado un retoño para que le despeine la coronilla.
EDUARDITO.- ¡La madre del Cordero!, este hombre dice más verdad que un santo.
SEÑORA CARMEN.- No blasfemes en mi casa, te lo he dicho cien veces. Tu padre lleva horas embadurnado en sal. O los despellejas tú o traes las despabiladeras, que eres igual de zascandil que tu padre.
EDUARDITO.- ¡Con esas!, ¡delante de todo el mundo!, ¡con mi autor en cuerpo presente!
VENTURA.- Eduardito, tienes por madre al diablo y quieres cumplir las apetencias de tu madre. Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentirosa la madre de la mentira.
PESCADOR.- Carajo, Ventura, sálvate a ti mismo y a mí mismo, de paso.
VENTURA.- Aguanta, que arde Roma.
EDUARDITO.- ¡Padre!, ¡padre! ¿por qué me has abandonado? A punto estuve de obstinarme en mi papel de falso profeta. Este hombre es un apóstol.
SEÑORA CARMEN. San Judas Iscariote.
EDUARDITO.- ¡España tiene mártir! Sálvate y relata mi hazaña con los hombres.
VENTURA.- En evangelios sinópticos.
EDUARDITO.- ¡Madre! Te lo dijo el oráculo, tu hijo será emperador, pero cuando lo sea, ¡ay cuando lo sea!
SEÑORA CARMEN.- ¡Que me mata el majareta!
BLAS.- ¡Grrr!, ¡Aghaghgrrragh!
EDUARDITO.- Maldito forúnculo faldero, ven aquí, ¡Blasillo!, ¡Hijo del Gran Kan!
PESCADOR.- Con vergüenza lo digo, nos hemos mostrado débiles.
VENTURA.- La hormiga furiosa no suelta la tajada aunque sepan descuajarle la cabeza. La araña no juega en el reino del viento. Así te digo que nosotros, privados de alas, dejamos en la voz un canto como hilo nocturno que aguarda la ronda del moscón.
PESCADOR.- No sé, es posible. Quién sabe a estas alturas.
VENTURA.- Así sea.

Tras liberar a los dos amigos, Eduardito se enzarza con Blas y lo ensarta por un ojo con un gran destornillador, creando un desbarajuste sentimental en la Señora Carmen. Durante el entremés, Juan Pescador y Enrique Ventura aprovechan el batiburrillo para escapar por donde habían entrado. Salen de escena.



ESCENA ÚLTIMA

Gran dramatismo en la escena, más allá del ridículo. El rellano del cuarto piso, partido transversalmente por dos conjuntos de escaleras de una piedra poco modelada, raída, que campa prolongándose hacia arriba y abajo. La superficie del descansillo, como un purgatorio familiar, es pequeña y una luz sin fuerza la achica todavía más, acogiendo dos puertas, de derecha a izquierda, por donde desembocan los títeres de la acción: en un lado Tomás Moro y Friné, llamados por rumores extraños; en el otro, la Señora Carmen pidiendo auxilio, seguida de su hijo Eduardito, que trae enristrado en el destornillador a Blas, fiambre. Ambiente patético.

SEÑORA CARMEN.- ¡Socorro! ¡Mi Blasillo! ¡Que me lo ha enmorunao!
EDUARDITO.- ¡Un emperador! (Sacude al perro con el puño levantado heroicamente).
MORO.- Arrebújate detrás, Friné, que la traen movida. Señores, ¿no habréis visto por casualidad a dos jóvenes de esta estatura?
EDUARDITO.- ¡Dos faroles de Júpiter!
SEÑORA CARMEN.- ¡Que te han quemado las corneas!
EDUARDITO.- ¡Dos sibilas!
SEÑORA CARMEN.- ¡Dos pérfidos!
EDUARDITO.- ¡No se aventure, madre!
FRINÉ.- ¡Ay! ¡Qué le has hecho al animalito, bestia!
SEÑORA CARMEN.- Eso mismo le andaba preguntando yo.
EDUARDITO.- ¡Despejar las aguas del Flegetón!
TOMÁS MORO.- Dejar sin sereno las puertas del infierno.
FRINÉ.- ¡Tú dale ideas!
VENTURA.- ¡Tomás! ¡Hay que largarse!
MORO.- ¿Dónde estabas? ¿y Pescador?

Sale Enrique Ventura de la casa de Tomás Moro. Entra en escena.

VENTURA.- Se ha escoñao. Verás, el balcón, ¿A qué altura estamos?
MORO.- ¿Qué?
VENTURA.- Por las barbas de Tártaro, habéis conocido a Eduardito. ¡Estamos todos!
MORO.- Todos menos Pescador, ¿dónde está?
VENTURA.- Temo que en un sitio legendario. No habla ni se bulle. ¡Tan muerto es como mi abuelo! ¡O gran desventura!
EDUARDITO.- Mirad, he aquí mi padre: un currutaco, como siempre ha querido esta mujer funesta que fuera. ¡Y lo ha logrado! ¡Un juguete del destino! (Saca por los sobacos el cadáver del difunto, que cuelga arrastrando los pies).
MORO.- No será verdad.
VENTURA.- Como viste y calza.
SEÑORA CARMEN.- ¡Traición! ¡traición! ¡Ah! (la Señora Carmen se lleva la mano al corazón con un gesto escandaloso; empalidece súbitamente y cae de bruces con las patas envaradas).
EDUARDITO.- ¡No más nigromancias, madre!
VENTURA.- Necesito un trago (entra en casa de Tomás Moro).
DON TADEO.- ¡Tú! A ti hoy te plancho la camisa.
MORO.- No se moleste usted, que aún me queda que despeinarme.

Llega don Tadeo, resentido, completando el coro con voz de bajo.

FRINÉ.- Haya paz, don Tadeo, que uno se entiende si pone los puntos sobre las íes.
DON TADEO.- ¡Lo que voy a hacerle a éste es quitarle el punto sobre la i! (achucha a Tomás Moro y lo zarandea por el cuello. Forcejean).
MORO.- Don Tadeo, no se esfuerce, hombre, si usted nunca ha sido muy de letras. Si usted es más torero que otra cosa.
DON TADEO.- ¡Pues verás qué tintas me gasto!
MORO.- Las medias, don Tadeo, y cortando pernada, que nos conocemos. Noches más largas ha habido, y también piculinas más satisfechas.
DON TADEO.- ¡Bribón!
FRINÉ.- Haya paz, que para todo hay una palabra, ¡don Tadeo!
DON TADEO.- Sí, para todo, y la tuya es ¡so puta!
MORO.- Ahí iban dos.
FRINÉ.- ¡Pues mal la has escrito! ¡Hazle testamento, Tomasín!
VENTURA.- Toma papel y pluma.

Enrique Ventura escacharra una botella de orujo contra la cabeza de don Tadeo, que cae sin sentido.

EDUARDITO.- ¡Justicia!
FRINÉ.- Tiéntame, ¡ay! que aterrizo con el pico (se coge desfallecida de Tomás Moro, que la toma en brazos).
JOSÉ.- Suelta esa prenda, que no es tuya.
FRINÉ.- ¡Joselito!
VENTURA.- Se armó el tinelo.
MORO.- Mi reino por un trago.

Se une al corrillo José , marido prófugo de Friné, robusto, que suelta las maletas antes de alcanzar el rellano y sube la escalinata, lentamente, torvo.

JOSÉ.- ¡Friné!
FRINÉ.- ¡José!
JOSÉ.- ¡Friné!
FRINÉ.- ¡José!
JOSÉ.- ¡Friné! ¿y ese maldito?
FRINÉ.- ¡Joselito! (escapa de un brinco de los brazos de Tomás Moro y se lanza a los del recién llegado, que la aparta de un empellón para encararse a un palmo de Moro).
JOSÉ.- Quien deja la casa cerrada con llave, espera a la vuelta encontrarla tal y como la ha dejado.
EDUARDITO.- ¿Ve usted, madre?
FRINÉ.- Joselito, mira que no son horas.
JOSÉ.- ¡Pues crees que no lo veo! (Sin despegar el ojo de Tomás Moro).
FRINÉ.- ¡Ha sido un mareo!
MORO.- Soy testigo.
FRINÉ.- ¡Ha sido la impresión! ¡Ten ley, José!
JOSÉ.- No es un crimen matarlo de un golpe.
FRINÉ.- ¡José! ¡Tu decoro!
JOSÉ.- ¡¿Y mi honra?! ¿Quién es toda esta gente? (contempla lentamente el escenario).
FRINÉ.- ¡Vecinos! ¿No recuerdas a la Señora Carmen? (José mira el cuerpo fulminado, rechoncho y rígido de la Señora Carmen) ¡y a Blasillo! (Friné señala estúpidamente al perro atravesado y occiso, mustio en el suelo), y a su marido, el señor Abraham (desplaza el dedo tembloroso hacia la imagen grotesca de Eduardito cogiendo a pulso los despojos desnudos de su padre) y al de la puerta de enfrente, ¡don Tadeo! (improvisa una mirada pretendidamente natural hacia el inconsciente, que yace espatarrado en el suelo entre vidrio hecho trizas).
JOSÉ.- ¿Y quién es este sopla gaitas? (se vuelve de nuevo hacia Tomás Moro).
MORO.- Si ha oído usted concierto antes, no era yo quien la soplaba.
JOSÉ.- ¡Demonio! (agarra desquiciado el cuello de Moro).

Ruedan ambos engrescados, escaleras abajo. Preside a la pareja un ruido de huesos machacados y peldaños. El desenlace es rápido: llegan ambos sin pulso.

VENTURA.- ¡Más descalabros!
FRINÉ.- ¡Mi Joselito! ¡Demasiado pronto le he conocido sin verle, y le he visto demasiado tarde!
VENTURA.- Se ha quedado para un plis.
FRINÉ.- ¿Qué hacemos?
VENTURA.- Pasará un rato antes de que tomen aliento.
FRINÉ.- ¿Y si alguno se ha dejado llevar por lo místico?
VENTURA.- Entonces habrase hecho su voluntad.
EDUARDITO.- ¿Madre?
FRINÉ.- ¡Qué amanecer! Cuánto que no lo veía... ¿Tomamos la última mientras esperamos?
VENTURA.- Me parece. Como el tirano, tomar la última mientras la plebe despierta.
FRINÉ.- No sé, no me importa, sólo quiero paz. Nada de bulla. Y en cuanto pueda najo de este manicomio.
EDUARDITO.- Vi a un ángel que bajaba del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena de la mano (absorto en sus elucubraciones).

Se oyen rumores de vecinos curiosos por el escándalo. Alguien ha debido llamar a la policía. A lo lejos suena una sirena como una náyade furiosa.

FRINÉ.- Tu amigo me ha comparado con esposa de emperador, como si yo fuera, ¡no sé! ¡Ja!
VENTURA.- Si el mundo fuera justo, Friné, tú serías la musa de François de Sade.
FRINÉ.- ¿Otro de alto abolengo?
VENTURA.- Marqués.
FRINÉ.- ¿En serio?
VENTURA.- Juliette te llamarías.
FRINÉ.- Me gusta ese nombre. Suena tan...
VENTURA.- ¿Francés?
FRINÉ.- ¡Sí...! Y valsar en los salones del lujo... Oye, ¿y esa botella?
VENTURA.- Sírvete tú misma.
FRINÉ.- No me tiembla la mano, ¿sabes?
VENTURA.- Así sea.

Telón.

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