miércoles 14 de marzo de 2012

ENTROPÍA O LOS SUBURBIOS DE GAMLA STAN


Cuando el Dr. Sjöstrand me dijo que llamaba
de Estocolmo pensé por un momento en la posibilidad
del Nobel, pero había tristemente otras hipótesis
más injustas aunque también menos poéticas

«Señor Aguafuerte, su madre
Se trata de su madre» Y un extraño deje
vulgarizaba los hechos, ya ordinarios de por sí

Colgué enseguida. El balbuceo al otro lado
no acabó jamás de articularse, y es que algo se pudría
en Suecia imaginando tontamente un hospital y allí entre
máquinas perpetuavidas enchufada como un pulgón
ese referente vago de protomujer que era
mi madre y que imitaba a lo Deleuze una profunda
mutación de los sistemas donde yo, en mi condición
de hijo, era un parásito más del proceso eterno
de producción-reproducción cainita

Cogí el primer avión con rumbo a Skavsta por 200
a 5 bajo cero. Más tarde arreglaría el alquiler y aunque
el viaje era una especie de ritual de huída
o vuelta a los orígenes cabía ante todo
descubrir quién era en realidad esa mujer a la que
por fin en nuestra nueva relación de vivo y muerta
creí poder mirar ya cara a cara

Cuando el Dr. Sjöstrand me dijo sin embargo que alguien
me esperaba no pensé en el Nobel. Ni siquiera supe
adónde conducían las intrigas. Crucé guiado por su tos
de sibila hacia el otro lado de la puerta y allí
como planetas lácteos el regazo eterno y sus palabras
últimas y comedidas «no sabía cómo hacerte venir»

Ahora que he perdido el piso y el trabajo y los amigos
han quedado recluidos en burdeles monógamos
unifamiliares sopeso la tragedia de mi madre y su resolución
me aterroriza

«Tómate las cosas con calma. La inteligencia es sobre todo
el fin, el último grado del afecto» me había dicho
en alguna ocasión, pero sé también gracias a ella
que la lejía «mamá la lejía hay que llevarla al estómago
de golpe y sin pensar ni despedirse. Un homicidio
tímido según Pavese, entre nosotros
Dios mío, sin tantas sentimentalidades» fueron
mis últimas palabras.

viernes 2 de marzo de 2012

QUINCE AÑOS

Hay sólo dos países: el de los sanos y el de los enfermos
Por un tiempo se puede gozar de doble nacionalidad
pero a la larga eso no tiene sentido
ENRIQUE LIHN

Había olvidado que las bibliotecas cobran
su razón de ser en la adolescencia, y al parecer
y coincidiendo con la vida ascética por imposición
se degradan en la madurez hacia la vulgar lectura, esa
liturgia del anacoreta pasivo o compasivo que contempla
desde el sueño u otra raza o planeta que el placer a cierta edad
está hecho de distancias excesivas

Ella aparenta timidez o al menos quiere imponerle
algunas reglas, muy sutiles, al juego. Él, por contra
es lo que cabe esperar a su edad: un chaval de quince años
Libretas dedicadas y anodinas, y unos bolis de colores fingen
por los dos la norma

No saben lo que hacen, nos creemos, y eso les convierte
en criaturas maravillosas que se abrazan y se meten mano
por debajo de la mesa

Olvidan que también nosotros, aunque con menos
derechos, somos algo más que bustos de cuerpo
fragmentado, mármoles sin ojos con libros abiertos
por una mitad eterna. Ignoran además que la envidia
crea monstruos o cosas peores. Sin embargo solo es lícito
exigir silencio cuando el goce es inversamente
proporcional a la medida del deseo. Por eso nos callamos

Con quince años yo me conformaba con no estar muerto
o enterrado vivo, después de todo era una conjetura
y no una admonición como es ahora. Tenía pocos ídolos
que hoy día me repugnan. Me reía de Galdós, de Alberti
o de Picasso, les dibujaba bigotes. Cuadernos horteras
que decorábamos con grandes falos socavando
las orejas de los héroes y coloquios delirantes
encerrados en nubes-bocadillo. Pienso mientras rememoro
lo aburrido que me he vuelto

Por expresarlo de algún modo, con quince años no interesa
nada que no sea un par de trenzas transmutadas en destellos
lácteos por los pechos, roces interpretados apenas bajo
la bragueta y un temblor a kilómetros del centro
de temeridad. Y palabras fuertes, dolorosas como jamás serán
por nuevas, recién desvirgadas: «follar», «te quiero», «te he puesto
los cuernos»

No es interesante un libro, ni lo será nunca
y eso uno vuelve a descubrirlo demasiado tarde

Un orgasmo irreprimible pone nuestros ojos
en sus cuerpos, ahora sonrojados. Se levantan entre risas
y pellizcos y se marchan, lo sabemos, a otro paraíso, uno de tantos
infinitos donde perpetuarse.

miércoles 8 de febrero de 2012

LECTURA EN UNA COMISARÍA


Anoche conocí a un poeta, alguien normal, pensé
prejubilado, un poco bajo, con guantes color malva
como el genio homosexual de San Petersburgo
Un tipo elegante, aunque no refinado, más bien
convencional, pero resulta que esa vez acababa de recibir
una paliza que le había abierto del revés la boca
y cerrado un ojo: «unos chavales ─dijo mientras
escupía sangre─ que buscaban gresca» lo cual le daba un aire
distinguido. Su nombre era Marcelo Aguafuerte y empezaba
a creer que la modernidad es sólo una patraña nacida
de la idea de obsolescencia. Sin voluntad de poder
estaba convencido de que la Revolución crea cambios
estéticos, no políticos, y en absoluto humanos
y rechazaba la poesía posterior a Marcial, lo que implica
rechazarse a sí mismo, aunque yo no era quién para decírselo
y además estaba empezando a caerle bien

Luego me quiso leer sus epigramas, para los que había
esbozado un sistema de ordenación que él llamaba
sentimental donde el odio corría por las hojas
como una presa detonada que busca surcos en la tierra
Su último poema era un alegato al cataclismo
de los géneros, todo ello contra una sola mujer
a la que por cierto amaba. Mientras tanto al otro
lado de la calle comenzaba una pelea

Y así pasamos la última parte de la noche. Sigiloso
contra mi hombro leía lento, entre el pensar y el decir
escupiendo a cada rato, gruñendo en voz muy baja
para no suscitar tal vez conjuras, algo vano pese a todo
pues fue precisamente que llegasteis atraídos
sin duda por la musicalidad excepcional del verso

Sé que confiscasteis una piedra de costo del tamaño
de un pulgar, una navaja mariposa con resortes
y enrollado bajo papel de cocina un trozo de falange
ensangrentada o algo igual de repugnante «los restos de
un bocata de chorizo» os dijo él, y no podía ser de otra forma

«¡la tumba de la bomba en el verso, ahí no hay perro
que se meta!» me gritó sacudiendo los papeles mientras
os lo llevabais. Aquí tenéis, una falta leve
por conspiración o conducta sospechosa, más bien por
si acaso. Y así acabó todo, fijaos que no os miento

Al despertar he buscado sin cábala ni presunción
la multa en el bolsillo de la gabardina y hela aquí
demostrativa, inculpadora

Todos los indicios me llevan a pensar por tanto
que nada ha sido un sueño y que ciertamente detuvisteis
al poeta más subversivo de esta ciudad sin ley
─Sin ley, perdonad, hasta anoche─ así que enhorabuena.

viernes 27 de enero de 2012

UN DÍA CUALQUIERA


Me despierto agotado aunque he dormido nueve
o diez horas pero he pasado la noche soñando
que me persiguen zombis y que sólo tengo un cortador
de papeles con que rebanarles la garganta
Me levanto, animo a mi padre a que soporte
un día más y paseo solo hasta la plaza llena de pancartas
y de gente jaleando horrorizada, incomprensible, mientras
apartadas en los bancos ríen y se abrazan
un grupo de muchachas adolescentes, niñas de cintura
para arriba, y pienso en sus cuerpos censurados
cuando deberían ser los únicos aptos
para el amor
Las miro y temo ser descubierto y lo sé, es ridículo
pero también inútil, pues ignoran a los que protestamos:
El mundo para ellas es perfecto así

Me alejo, busco en el concepto de catarsis algo que resulte
interesante o por lo menos me devuelva el estado apático
de las cosas. Temporada de conciertos, por el patíbulo
desfila el cadáver de Rimski Korsakov hacia el auditorio
plagado de moscones aunque podrían simplemente
limitarse a interpretar su música. Escucho y
me escondo ahora de una voz demasiado próxima
y recuerdo de repente a esa vegetariana radical cuya única
virtud era rehusar las cenas en restaurantes caros. En su boca
no entrará jamás, viva o muerta, carne alguna, así que
ni lo intento y finjo que contesto al móvil y huyo por las formas
del bestiario, entre los coches y las marchas fúnebres

Se trata de llegar a una encrucijada indiferente donde
no sea distinto volver a la cama que a la calle, al fin y al cabo
los monstruos no se cansan de correr

Parece increíble que todavía sigan habitando
esta ciudad de mierda.

viernes 20 de enero de 2012

AMBAS ERAN PLÁSTICAS BELLEZAS, líneas
de contraste, con esa piel absorta misteriosamente
en la luz súcuba del bar, luz que parece devorarlas
desde no se sabe dónde, aun en los atardeceres
chorros de luz muy blanca ardiendo por las formas
anulares, muslos trémulos, carreras por los pechos
tersos sin estrías

Una, la más joven, sostenía la mirada como si fuera
algo delicado que hubiera de preservar
La otra, la mayor, inteligente, ambiciosa, descarada
culta incluso, conocía nuestros límites y en qué momento
de la noche cohabitábamos su carne sin permiso
ni presencia y era su sonrisa cáustica un espectro a espaldas
de los hombres que esperaban la oportunidad

La pequeña era una nínfula sumisa, dócil, clandestina
en aquel antro y la mayor
podía hechizar durante horas. Una no soltaba palabra y otra
en cambio no soltaba la palabra. Tardes suspendidas
en las que su lengua hipnótica ha bailado
en una boca donde algunos, con el esqueleto
de ceniza subrayando el filtro del cigarro hubiéramos
vendido el alma por eyacular eternamente

Quedaba entre las dos un abismo inexorable de
experiencia, el monstruo de la tentación repitiéndose
en su mordisco doble

Pero elegí mal, y como sucede en estos casos
sin perspectiva ni esperanza hoy me doy cuenta
de que habría sido más hermoso quebrantar
un silencio inmaculado con su cuerpo y mis caricias
(o algo más) que ahora desear que esta maldita
de aquí al lado se muera o se calle para siempre.

martes 20 de diciembre de 2011

ROBO EN LA CASA DE AL LADO

Todo arte es completamente inútil
OSCAR WILDE

Fuerzan la puerta mientras yo fuerzo las palabras
a que parezcan literatura o al menos
sean un modo de expoliación de la verdad
o golpe de gracia a las musas. Decepciona
esta idea sacra que tenemos de las cosas que pagamos
La propiedad privada, como el milagro, guarda
su qué de ostentación. El arte en cambio
es peor que un simulacro fabuloso, la moraleja
de tan gratuita, nada vale

Ignoro cuántos son, sus límites, si son peligrosos
o sólo ángeles extraviados. Por si acaso
nos separa una pared y en la recámara
un teléfono de tres cifras como balas de fogueo

(Pero nunca me han gustado mis vecinos)

Y mientras las joyas dejan su eco en el fondo
de un saco al otro lado, vuelve a mí el lenguaje
sin interrogarme, el verbo estéril hecho tinta
y unas manos que rebuscan por los muebles
y un jarrón o vaso en la distancia que se estrella
esparciendo escandalosamente luces
que imagino diamantinas

Desde luego no son profesionales
pero quién lo es en su oficio accidental

Alguien blasfema en una lengua nigromántica
que no acabo de comprender

¿Debería hablar con la policía?

Mi poema arrugado contra el metal del cesto
deja un rumor como de ascua en el agua
Apago la luz y espero ser absorbido
por Satie y el infinito

No es sensato que lo que unos le quiten al mundo
otros quieran devolvérselo con palabras.

jueves 1 de diciembre de 2011

ERBARME DICH


Les ponía a Bach, después
del sacrificio furioso
del amor las tumbaba de un modo
más tierno en la cama, les decía
ahora, cierra los ojos si quieres
pero cállate, eso es todo
y dejaba el volumen tenue
como la luz, apenas un efluvio
y sus corazones, aún salvajes
eran dos metrónomos
enloquecidos

Les enseñaba los pasajes más
secretos, todavía vírgenes
y seleccionaba cuidadosamente
como un cirujano o un teólogo
los episodios excelsos de la Pasión

Luego las traicionaba
con otras, más o menos bellas
pero qué importa. A fin de cuentas
no podrán decir que no les dio
lo mejor que tenía.


Qué ambiente el de ahí fuera. Está
la plaza abarrotada; pueden verse
desde aquí los torsos girando
a la vez, gritando a la vez
con sus brazos en efecto
dominó. Es todo un espectáculo
-¿Qué haces todavía aquí arriba
con la oliva sin hueso pegada
al culo del vaso sin vermú?
-Hoy no tengo cuerpo. Soy etéreo.
-Reacciona, idiota, es tu última oportunidad
para salvarte. Combatir la inercia
con la inercia, arrastrarte al vuelo, oxímoron terrible
nalga con nalga, es humano, ¡protesta!
Corrí hacia él dispuesto, si no a matarlo
sí a darle una lección bien merecida

El muy idiota se desvaneció entre mis
puños. Era etéreo.

jueves 17 de noviembre de 2011


Es raro que tus bragas den un canon
a esta habitación, un orden
bello entre los muebles, ondas áureas
por las sábanas, peces lúbricos, etcétera
y en cambio seas tú la encarnación
del caos, el tránsito hacia la locura

Por eso yo prefiero estar a solas
con tus bragas
Sentirlas un despojo
del único algo íntimo que encuentro en ti
La parte más perfecta de tu ser
La más compleja, eclíptica, algebraica

Estoy ridículo atado a los pies
de la cama que odio
entregado al holocausto de las formas
como  un Vitruvio ad quadratum
deconstruido en besos

Pero es siempre mejor que ese egoísmo
de hablar sobre nosotros, a fin de cuentas
dos traidores

Y pasará la tarde confundiéndonos
y sé que al fin te irás
desnuda, dulcemente mutilada
Tus bragas como ofrenda de esta paz
El acto más terrible del amor que añoro
...
Algo ocurre ahí fuera
Llueve sin dimensión y anacronismo
Nada ocurre sin embargo, y poco importa:

Si pienso en el silencio que te dejas
el mundo es demasiado hermoso

Madre primitiva, vierte ahora
sobre el trozo de cuerpo que me queda
la pulpa de una miel sin paraíso.

martes 15 de noviembre de 2011

SOBRE LA REPRESIÓN Y LA MEMORIA

La soledad de los sujetos
(aunque en la cama o en la calle)
no se da durante el sueño o
el camino

Tú y yo somos, por ejemplo
dos seres noctámbulos que combaten
esta naturaleza
sin descanso
forzándonos las cinturas, quedando
transidos por espacios
nuevos donde someternos
con las piernas y los sexos levantados
como hachas

En el juego víctima-verdugo
donde el género de las palabras es a veces
motivado
inútil es fingir por dignidad
sin resistencia y
gemir como expresión del testimonio
genocida

Gritemos pues para que el goce se haga
público y por tanto
tan humano que llegue a ser perverso

Lo demás no es sino una sinestesia
de golpes y caricias indistintas
que queda entre nosotros
los amantes

Qué triste parecernos todavía
torturados:
Sin memoria, desahogando furias
y ficciones, naciendo a bofetadas y bramidos
que dintelan nuevos lloros, con los ojos
fijos sobre cuerpos transparentes

Y hablamos de fidelidad a quién
a qué, con qué valor
cuando fuera como dentro acudimos
a la epifanía de la violencia

Y al acabar, como judas especulares
o narcisos nos besamos en la boca
delatando o relatando (sin diferencia)
la mentira en que vivimos.

miércoles 5 de octubre de 2011


“Hablar no es la cuestión, sino seguir
jodiendo”, confesó, y puede que no se
equivocara, sin embargo el error
nunca conmueve sin otro
error más transversal y en consecuencia
más profundo. Puedo decir que al oprimir su piel
-de la que creía saberlo todo-
entre el metal y los tendones
sugería porosidades de papiro antiguo y quise
firmar en ella una sentencia remota
de rencor ancestral acumulado

De repente fui cobarde ahondando
en una sangre que sólo conocía censurada
bajo el beso al apretar los dientes y confieso
ahora
que fue menos piedad que repugnancia
o higiene

Me conformé entonces con apartarle un poco
las bragas, pues supe de inmediato
que aquello que quería en realidad
asesinar
se hallaba ahí dentro

De ese odio nacerá nuestro hijo.

miércoles 27 de julio de 2011

LA PASIÓN SEGÚN SAN ATEO
DRAMA JOCOSO EN SEIS ESCENAS

PERSONAJES

TOMÁS MORO, ENRIQUE VENTURA, JUAN PESCADOR, amigos.
SEÑORA CARMEN, vieja.
BLASILLO, perro de la Señora Carmen.
FRINÉ, puta.
DON TADEO, adúltero.
ISABEL, cornuda.
EDUARDITO, hijo de la Señora Carmen.
JOSÉ, marido prófugo de Friné.



ESCENA PRIMERA

La acción transcurre en uno de los dientes mellados de un barrio abyecto, periférico, de una ciudad infame del mediterráneo español. Apartamentos de protección oficial de cuatro o cinco pisos sin ascensor, cableado externo y fachada destartalada con frisos colgadizos no más de medio metro, muy apretados unos con otros, verja estrecha pero firme, todo ello con aspecto aparatoso y pintura descamada de venirse abajo con el primer bochorno del mes de agosto. Un calor húmedo estigmatiza el ambiente y lo potencia en su desolación. Cuelga todavía en el frontispicio un cartelón oxidado del Instituto Nacional de la Vivienda, que luce yugo y flechas. Cuarto piso. Portal con escalera estrecha y poca luz. Habitáculo modesto: un cuchitril cuadrado, con dos sofás en la sala, una mesa baja, una televisión de plasma, treinta y cinco pulgadas, un portátil y varios ceniceros dispersos. Una galería comunica la estancia por una cocina donde pende el balcón trasero. Su inquilino es Tomás Moro, joven, veintipocos años, emancipado, tamaño estándar, pelo ensortijado y morro picado en recuerdo de una excesiva adolescencia superada. Sus visitantes y amigos, tunantes, moda urbana, uno, Enrique Ventura, ligeramente pelirrojo; el otro, Juan Pescador, advenedizo, orejas desmesuradas disimuladas por una melena lacia hasta más allá de los hombros. Maneras y habla histriónicas, pedantonas, sobrepasando la cursilería. Bien entrada la tarde. Puede oírse desde abajo la última parte del cuarteto número trece de Beethoven, Gran Fuga.

VENTURA.- Mal pinta el fin de semana. He visto que los carros huyen hacia la costa.
PESCADOR.- Yo no tengo plomo en la riñonera.
VENTURA.- Las jamelgas se entretienen con poco.
MORO.- ¿Quién manda?
VENTURA.- Abre esta puerta, por ventura.
PESCADOR.- Qué puta la del segundo.
VENTURA.- Hace semanas que no propone. Cada vez se vende más fina. Una que piensa engañarme.
PESCADOR.- Enséñale quién es el jinete.
VENTURA.- Me he cansado de apretarle el lomo con la espuela.
PESCADOR.- ¿Y cuánto pide?
VENTURA.- Por pedir no se ajusta la mordaza. Por engrasar el torno veinte pavos.
PESCADOR.- Juego clandestino.

Hacen sonar una puerta enclenque. Abre Tomás Moro.

MORO.- En buenhora. No me piséis ahí, está mojado.
VENTURA.- Fregonas más flacas he visto. Muchachos, hoy no es un gran día. Tenemos la calle vacía. La rapiña ha volado a la brisa, y éste no tiene un cubo donde escurrirlo. Estamos jodidos, saca la botella.
MORO.- Afincáos en los sofases. No me piséis lo mojado.
PESCADOR.- ¿Qué le das de comer al gato? Está inmenso.
MORO.- Matarratas.
VENTURA.- Otro día sin mojar.
MORO.- Tengo entendido que frecuentas Palacio a menudo.
VENTURA.- Cuando recibo boleto.
MORO.- Esa cortesana, además de mesalina, hace cuentas con camorristas. Está loca y no es inofensiva. Además está casada y puede que vuelva un día su marido a recoger sus bultos.
VENTURA.- A sus hijos los encierra en el baño mientras me engatusa.
PESCADOR.- Es una serena.
MORO.- He visto al vecino encaramarse a veces al balcón por detrás. Algún regalo le dejé sin querer. Casado y con vástagos. El patio de luces merece su nombre.
VENTURA.- Ése supo elegir número. Aunque, en fin, la vetusta de aquí al lado es fácil de desarmar. Se quitará los dientes para hacer labores.
PESCADOR.- Polluelo.
VENTURA.- Debe tener patrimonio debajo del catre.
PESCADOR.- Mujer experimentada.
MORO.- Tengo entendido que sufre de narcolepsia y sordera. Es toda una tumba la vieja.
PESCADOR.- ¿Cuánto combustible tenemos?
MORO.- No llegaríamos a Tebas.
VENTURA.- En la manifestación ya sacan los litros. Esto se queda grande, la quiebra no es crediticia. No se avanzará hasta que la huida de los mercados sea provocada por un cuchillo muy afilado. No les daremos el gusto de poder elegir la retirada sin su porción de cuero entre las nalgas. Se ha desplegado el bando chovinista. Estamos llenos de Charlottes Cordays que ponen polvos de talco a la verdadera revolución. ¿Y el reinado del terror que necesitamos?
MORO.- Los cordeleros están siendo sofocados por la masa.
VENTURA.- El buen jacobino sabe despojar al cordero de las faldillas de una sotana.
PESCADOR.- Tienen sede en Marina d'Or.
MORO.- Los amigos del monarca se concentran en el coliseo. Hay que desamortizar a las estrellas del fútbol y el pop, saquear los estudios de televisión parásita y volar por los aires Comisiones.
VENTURA.- Que cortarles la cabeza habría. Arranquemos de raíz la doctrina financiera. Los engranajes del nuevo aparato social-religioso se engrasarán con sangre. Mi padre ya murió en batalla, chirriando. Le colgaron las manos de un árbol.
PESCADOR.- A tu padre lo matasteis tú y tu madre.
MORO.- Parricida.
VENTURA.- Gran amante.
MORO.- Edipo Rey.
PESCADOR.- Qué puta la Friné.
VENTURA.- Por este balcón se llega a la ventana sin saltar.
MORO.- Valiente Don Juan.
VENTURA.- No hagáis chanza. La vieja está vieja, dormida y sorda. El responso es claro.
PESCADOR.- Bendeciremos su mesa.
MORO.- No quiero altercados en este alcázar.
VENTURA.- Tengo ya un pie en el escenario.
MORO.- Comedia finita est. Yo no paso del palco, ni aplaudo la alevosía. Vuelve, majadero.
PESCADOR.- Te has equivocado de fulana, la otra pinta más abajo.
VENTURA.- Pero ésta sirve anís para templar los nervios.
MORO.- Yo me desentiendo.
VENTURA.- Callad, no vayamos a despertar a la veterana.
PESCADOR.- ¿Duerme?
VENTURA.- No veo nada.
MORO.- Matarás de un susto a la bendita si te pilla en su pazo. El marido fue cazador.
VENTURA.- Cuelga en el bar la cornucopia. Seguidme, no hará falta ariete; la ventana bate, las bisagras no rechinan.
PESCADOR.- Está oscuro.
VENTURA.- Ninguno de los dos clarea.
MORO.- Cabrones sans-culottes.

Enrique Ventura, seguido de cerca por Juan Pescador, se mueve por la terraza. Tomás Moro monta atalaya desde lejos, en el sofá, con su gato obeso. La Bastilla, franqueada por un ventanal semiabierto, cede tras una luz tenue que se disipa en la primera comunión con la claridad tísica de la tarde, dejando entrever los muebles de una salita repletos de porcelanas. Ambiente herrumbroso. Hedor de algo indefinido. Entran los dos amigos.

VENTURA.- ¿Dónde guarda la vieja los maravedises?
PESCADOR.- No pinta que los tenga.
VENTURA.- Custodiados los tiene en buen puerto, como todo grande de España. Es meritorio cooperar con la revolución. A los señores hay que pasarles la factura en papel de estraza.
PESCADOR.- No me figuro a la consorte en peluca y tul.
VENTURA.- Que no te engañe una jubilada. Su pensión es vitalicia, como la de un político. Conserva intactos los galones.
PESCADOR.- Joder, apesta. ¿Qué es este tufo?

Una luz torva, cegadora, se enciende súbita.

SEÑORA CARMEN.- ¿Por qué hacéis en sábado lo que no es lícito?
PESCADOR.- ¡Qué aspaviento!
VENTURA.- ¿No habéis leído lo que hizo David cuando tuvieron hambre él y los que le acompañaban?
PESCADOR.- El hijo de puta es señor del sábado.



ESCENA SEGUNDA

La morada de la Señora Carmen: porcelanas por todas partes, como insignia heráldica. Espacio opaco, donde más importa la forma insinuada que el detalle. El desplazamiento ha sido a oscuras por tanto, con cautela, cruzando un pasillo largo y estrecho, exento de decoración concisa. Un ruido imperceptible al final, acompañado de una luz estremecida y gélida. El hedor es cada vez más áspero, más inexacto, penetrante. La acción se desarrolla al final del recorrido, en el baño. La Señora Carmen está sentada sobre el váter. Mujer rechoncha, de unos ochenta años, tobillos hinchados y calzas oscuras de media rodilla. Luce un vestido holgado de color rosáceo con motivos primaverales. Su permanente es severa, ojos dóciles y nariz redonda y pequeña. Empuña un escalpelo. La habitación está llena de sacos de sal gorda, un balde de plástico cubierto con un trapo de paño, botes indefinidos y herramientas variadas. Olor extremo a resina y biocidas. En la bañera, cubierto de sal hasta la barbilla, languidece el cadáver de un anciano. Entre la Señora Carmen y el exánime, un perro de tamaño medio tirando a pequeño gruñe y carraspea. Suena un crujir de pieles y músculos, como en una carnicería. Ella, mientras habla, continúa su labor.

PESCADOR.- Oh joder, voy a vomitar.
VENTURA.- La Hostia.
SEÑORA CARMEN.- Esperad, mozos.
VENTURA.- Señora, mis respetos. Hemos perdido nuestro halcón. No queríamos importunar, conocemos la ventana. Tengan buena tarde, usted y su marido.
SEÑORA CARMEN.- Gracias. Mi marido falleció ayer.
PESCADOR.- Ya veo.
SEÑORA CARMEN.- No creo en el luto. El luto es para la calle. En casa, una sola, guarda las galas dentro, y con el diablo.
VENTURA.- Guárdelas usted donde no se extravíen. Juan, arreando. Salud, matrona.
SEÑORA CARMEN.- Fue cazador, aunque de eso hace ya mucho. La vida yo empecé a ganármela en la frutería. Teníamos algunas tierras, una herencia de la madre de mi madre, probecica. Allí en el Sur la vida era mu mala cuando chica. Se cerró la frutería y nos vinimos toda la familia donde estaba el trabajo. Y aquí conocí a mi marido, hace casi sesenta años.
PESCADOR.- Son muchos años.
VENTURA.- Usted es más de aquí que yo.
SEÑORA CARMEN.- Uy hijo no. Uno es de donde nace. Ya puede uno pasarse en otro lao toda la vida que uno es de donde le echaron el agua en la coronilla. Allí la vida era mu dura, en el cortijo. Pero qué bonito el campo. Tengo de recuerdos. En verano qué amapolas, y el trigo crecía y se ponía todo dorao, como una cúpula al mediodía. Mi hermano me llevaba a hombros después de la siega, y el señorito me decía, Carmencilla, eres más pequeña que una espiga, y mi hermano, probecico él, me hacía decirle, es que este año ha salío mu alta, señorito.
VENTURA.- Un beatus ille.
SEÑORA CARMEN.- Hemos vivido casi toda la vida en el barrio de las Tenerías, mi marido y yo.
VENTURA.- Hermoso arrabal.
PESCADOR.- Voy a vomitar.
SEÑORA CARMEN.- Ahora vuelve a estar la vida mu mala. En la tele sólo echan que malas noticias. Antes vivíamos con menos pero mejor. Tampoco faltaba de nada. Las puertas de casa las teníamos siempre abiertas.
VENTURA.- Mejor brisa corría.

La Señora Carmen destapa el cubo, donde una masa de tripas se adapta a la forma circular del recipiente. Arranca una porción, se levanta y se aleja por el pasillo. Se oye un rumor de aceite hirviendo. Al poco tiempo vuelve canturreando con el montón humeante en un plato hondo de porcelana, que deja a la altura del animal. El perro come lentamente, transido.

SEÑORA CARMEN.- ¡Blas, Blas! Mi pequeñillo. De la miseria de pensión de mi marido hemos vivido más de quince años. Ni para enterrarlo dignamente tengo. ¡Ni para declararlo muerto!
PESCADOR.- Te dije yo que la señora no era de las de rapé y lunares.
SEÑORA CARMEN.- ¿Cómo?
VENTURA.- Hablaba usted de su marido.
SEÑORA CARMEN.- Puede parecer de locos todo esto.
PESCADOR.- No, no.
VENTURA.- Es un verdadero despliegue de aparato artesanal.
SEÑORA CARMEN.- Veinte años he curtido yo pieles. Mi marido era cazador, como he dicho.
VENTURA.- ¿Y qué abatía su marido? ¿Pasó a la mayor? ¿Acaso prefería la liebre y la perdiz?
SEÑORA CARMEN.- Echa un ojo en el dormitorio. La primera puerta a la derecha. Esa cabeza de muflón la ayudé yo a secar. Dentro guarda el hueso, muy buen apaño. Una prenda de Sierra Morena. Qué barbas. Parece el mismo Satanás.
VENTURA.- Buenos pitones.
PESCADOR.- Y a su marido dónde piensa colgarlo.
VENTURA.- Perdone a mi camarada.
SEÑORA CARMEN.- Puede parecer de locos todo esto.
VENTURA.- No se me antoja tal diagnóstico.

Por vez primera interrumpe el trabajo para fisgar a sus contertulios. Luego baja lentamente la mirada hasta la altura de sus manos, puestas una encima de la otra. Tras un silencio de visible emoción, observa de reojo al fiambre y en una espiración reanuda la faena.

SEÑORA CARMEN.- Es muy delicado este pellejo, se crispa al menor roce. Se trabaja bien con el jabato. Es necesario a veces vaciarlo por demasiado grueso. Mira, mira, mira cómo se acanala todo. La tripa es lo primero que se desprecia en la limpieza. El disecado es distinto, más sencillo, se aprovecha namás que el cuero. No hace falta despanzurrar al animalillo si se hace con maña.
BLAS.- ¡Aghaghgrrragh!
SEÑORA CARMEN.- ¡Come lento, bandido! Es asmático el probecico. Ya está añoso. Me quedo sola cuando él falte, si no es que estiro yo antes.
VENTURA.- ¿No tiene usted linaje?
SEÑORA CARMEN.- Tengo siete hijos. Dos machos y cinco hembras. Julián, el segundo, se me murió de chico de una pulmonía. Si lo cuento, he tenido ocho. No se dirá que no haya cumplido con mi naturaleza.
VENTURA.- Número legítimo, encomiado por ciertas diócesis piadosas.
PESCADOR.- Notable alto.
SEÑORA CARMEN.- Esta parte es delicada, ¡San Judas Tadeo! Un tajo limpio de la muñeca al pescuezo. ¡Ay Santa Rita! ¡Ay! ¡Ay, qué le he hecho a mi Abraham! Esto ya no se endereza.
PESCADOR.- Voy a vomitar.
VENTURA.- Tire sin miedo. ¡Uh! Herramienta tosca. La incisión más profunda, eso, eso, hasta la yugular.
SEÑORA CARMEN.- ¿Quién quiere una copita de aguardiente?
PESCADOR.- En vaso de tubo.
BLAS.- Grrr.
VENTURA.- Es buen digestivo.
SEÑORA CARMEN.- Un Ojén. Como iba diciendo, tengo siete hijos, pero nadie asoma el morro. Y tengo de nietos que ya ni me acuerdo. David, la María... ¡qué cabeza! Claro, ninguno viene a darle a la abuela una alegría. Yo ya no me puedo mové. Hace que no pongo un pie en la calle.
PESCADOR.- ¿Y cómo consiguió postrar a su marido en la bañera?
SEÑORA CARMEN.- Me lo topé asín, desnudico todo él y con los ojos cerrados, como un beato.
VENTURA.- ¡Uf! Esta uva la vendimió Baco.
PESCADOR.- He notado el ardor hasta el duodeno.
VENTURA.- ¡Qué libertador! Con qué resolución ha cruzado las aguas del mar rojo.
PESCADOR.- El faraón nos pisa los talones. Si cierro los ojos puedo verlo encenagado todavía, hecho una momia.
VENTURA.- Ábrelos, que lo tenemos en efigie.
PESCADOR.- Había olvidado la visión. Esta dinastía toma en serio el Mishná, en materia de purificaciones.
VENTURA.- Ramsés II se está removiendo en la tumba.
PESCADOR.- Ahí va, un exiliado. Mejor fuera que dentro.
BLAS.- Grrr.
VENTURA.- Vaya falla. Te ha sentado a las delicias el brebaje.
PESCADOR.- No me quejo. La chispa ya la tengo. Me faltan los cuernos.
VENTURA.- Y un San Jorge que te toree.
BLAS.- ¡Aghaghgrrragh!
VENTURA.- Guárdate, Cancerbero. ¡Sus! ¡Sus!
SEÑORA CARMEN.- No muerde, es mu bueno él. ¡Blas! Ven aquí, ¡condenao! ¡putillo! Qué compañía me hace la criatura.
VENTURA.- ¿Por qué no la visita su familia?
SEÑORA CARMEN.- Más horas de tajo y el sueldo mustiao desde hace abriles. Resignarse y aguantar so pena de destierro. Falta de coyuntura. O así dicen ellos. La factura del teléfono muy alta, eso o yo estoy muy sorda. Los nietos prefieren las cuadrillas de fechoría que a la abuela. Todo el día al paseo, y claro, con tanto monte se han asilvestrao. Tocará apalabrarles un cohete para que me asistan.
VENTURA.- Los ministros toman el helicóptero para ir al escusado. Llámanle prudencia.
PESCADOR.- Sus pilotos son los únicos que sacan plaza por concurso. Medidas de seguridad.
VENTURA.- El cardiólogo de mi padre le confesó que entró por ganga. Que su vocación era la de protésico. Después del susto le pasó el importe del marcapasos, y no aceptaba tarjeta.
PESCADOR.- ¿Le cobró por el crucifijo?
VENTURA.- Era ateo, prefirió vasija de cerámica chapada en oro y rubíes.
PESCADOR.- En San Pedro hacen oferta de dos por uno con carnet de católico.
VENTURA.- Católico y jubilado, como en el autobús y los museos. Señora, usted fue familia numerosa.
SEÑORA CARMEN.- Eran otros tiempos.
VENTURA.- ¡Cómo multiplica este licor!
PESCADOR.- Ponzoña legendaria.
BLAS.- Grrr.
SEÑORA.- Las niñas son más conflictivas que ellos, que después de todo están bien acalzonados por sus mujeres. Tuve un rifirrafe con la mayor hará un tiempo. Cosas de reproches de cuando rapaza. Yo no le di más coba al asunto; ella no ha vuelto a tirarme el aliento. Poco hablo últimamente con ella, y sólo por teléfono, y sólo porque yo la llamo.
VENTURA.- Les das el pulso y se encargan de acelerarlo.
SEÑORA CARMEN.- Me abrí el vientre afligiéndome y con gusto, todos ellos por igual lo saben, nunca quise esconderme la costura. A lo hecho, dos pechos que han sentío el amor de unas encías que queman con cada rorro como la sangre virgen.
VENTURA.- ¿Y las demás desagradecidas?
SEÑORA CARMEN.- Acatan el cauce de la primera. Con la pequeña tuve mayor refriega. Cosas de la droga, un hijo bastardo y un aborto en Inglaterra. Luego una recaída, un tratamiento de choque y la vuelta al marchitarse natural de la vida. Sólo Dios sabe desaprovecharnos mejor.
PESCADOR.- Permitid que me siente.
SEÑORA CARMEN.- Aquí ya he acabao. ¿Queréis ayudarme a auparlo un poco? Cogedlo por la sobaquera.
PESCADOR.- A otro con ese muerto.
VENTURA.- Yo no me hallo.

Exhuman como pueden los dos amigos el cadáver, no sin cierto miramiento. La cabeza del muerto cuelga ahora hacia afuera, tiesa como un mástil. Queda el cuerpo descubierto de cintura para arriba, revelándose unas criadillas azuladas y mustias que contrastan con un bálano enhiesto. Tras un esfuerzo vano por mantenerse íntegros se tambalean. Juan Pescador se encarama convulso a la pared azulejada y vomita copiosamente. Enrique Ventura se ve desfallecer. Su última imagen nítida es la de la Señora Carmen acercándose con un rollo inmenso de cinta aislante.



ESCENA TERCERA

Pasada la medianoche, una claridad minúscula termina de trepar el patio de luces. Fuma su cigarro en la balconada don Tadeo, el putas, que enseña a través de la camisa de camata un pecho revuelto donde brilla el crucificado. El tizón de la colilla se extingue con la última luz de las ventanas, ya selladas por un vecindario achacoso. Cuarentón, el putas forma parte de la última remesa generacional de chavales que ha correteado por el edificio en tiempos prósperos. Ahora, como cada madrugada, don Tadeo disimula la impaciencia. Todo queda en la penumbra.

DON TADEO.- Psss, psss, ¡psssssss! ¡Friné! No se pispa la muy mengana.
FRINÉ.- Deberías templarle los lienzos a tu señora.
DON TADEO.- Tiene el despertar difícil.
FRINÉ.- No es para menos.
DON TADEO.- ¿Qué te hace gracia? ¿No oíste los bramidos?
FRINÉ.- Los del somier, apenas. Los de ella, no. No se te culpa, chulo. Tú pones de tu parte.
DON TADEO.- ¡Buscona!
FRINÉ.- ¡Cazagrillos!
DON TADEO.- ¡Calla! Calla y déjame pisarte lo mojao, que ando tibio.
FRINÉ.- Espero una visita importante.
DON TADEO.- ¿De menistro?
FRINÉ.- Y toda la cohorte. Vienen a condecorarme por los servicios prestados a Gobernación.
DON TADEO.- ¿Ya eres secretaria?
FRINÉ.- De asuntos internos.
DON TADEO.- ¿Y acaso no conoces mis derechos?
FRINÉ.- ¿Pues no ves que tengo constitución?
DON TADEO.- Y qué bien constituida. Esos artículos necesitan una reforma. Déjame saltar.
FRINÉ.- Atrás liebre, o te abollo la corona.
DON TADEO.- Es legítima. La gané por conquistas.
FRINÉ.- No toquetees ahí, roñoso.
DON TADEO.- Déjame entrar, que me descalabro. Agárrame el cetro, que me pesa.
FRINÉ.- Guárdate las formas.
DON TADEO.- Calla y acoge a este polluelo en tu madriguera.
FRINÉ.-Te llevas otra chuleta si sigues con esas. Vete y no te sobrepases. ¡Suelta eso!
DON TADEO.- Estate quieta, ¡zorra!
FRINÉ.- ¡Déjame!
DON TADEO.- Te voy a dejar sin perlas, fresca.
MORO.- Don Tadeo, entendemos por el bastón de mando dónde se te manifiesta la sangre de los Bonaparte.
DON TADEO.- Ahueca el tragadero, niñato.
MORO.- Yo te corono monarca del primer cantón imperial del barrio de los soles.

Dos pisos encima se une a la gresca Tomás Moro. Sonrisa socarrona, espectador privilegiado, controla la escena con acento demiúrgico, consciente de su condición de delator. Tras las últimas palabras torvas, desenvaina, apunta con fineza a la cabeza del putero y lo inviste de laureles.

DON TADEO.- ¡Yo te mato!, ¡bastardo!
MORO.- Calla, que despiertas a la parienta.
DON TADEO.- Espera que suba a ajustarte el camauro.
ISABEL.- ¿Qué pasa, Tadeo? ¿Qué es esta jarana?
MORO.- Cuidado con el monstruo, Teseo, que le tienes la cornamenta afilada. Empitónalo si embiste, que duerme con un ojo entornado.
FRINÉ.- Se armó. Yo me rajo. Mala landre me mate si más los escucho.

Aparece la voz de la esposa ultrajada, precediendo a su cuerpo. La galería se anima, las miradas se vuelven más furtivas.

DON TADEO.- Isabel, ¡qué insomnio!
ISABEL.- ¿De qué chubasco sales tú?
DON TADEO.- ¡Este miserable, regando los claveles!
ISABEL.- ¡Vaya horas! ¿y esta pupila?
FRINÉ.- También andaba yo nutriendo el musgo, pero ya me iba.
DON TADEO.- Con este bochorno uno no plancha oreja.
MORO.- Don Tadeo, usted está más biruji que un lechuguino. Le van a florecer las ideas.
DON TADEO.- Gracioso el zagal.
ISABEL.- Entra y sécate.
DON TADEO.- Y luego una tila.
ISABEL.- ¿Qué hacías?
DON TADEO.- Buscar refrigerio.
ISABEL.- Pues yo te veo escaldao.
DON TADEO.- No será para tanto, ¡mujer! Algún sofoco llevo, con este tiempo infernal.
ISABEL.- Y abriste la trampilla para airearte, ¡ten pundonor!
MORO.- ¡Ja, ja, ja!
ISABEL.- ¡Tadeo, no me toques el sayo!
DON TADEO.- Venga, mujer.
ISABEL.- Te lavas y al diván de chola.
DON TADEO.- ¿Con ésas?
ISABEL.- ¡Solo!
MORO.- Hoy has cortado orejas y rabo. Es usté un mitra, ¡don Tadeo!
DON TADEO.- (Cuando te ponga el abalorio en el cuello...).
ISABEL.- ¡No me toques el sayo, Tadeo!
DON TADEO.- Mujer, ¡por dios!
MORO.- ¡Ja, ja, ja!



ESCENA CUARTA

El salón de Tomás Moro de madrugada es como el busto de un emperador recién labrado en arcilla: hierático, amarillento y disimulado por una luz favorecedora. Hay poco sueño en la estancia; la tele centellea por la silueta de su espectador, que se halla postrado en el sofá con estampa trasnochada. Latas vacías de cerveza sobre la mesita recogen el espectro luminoso de las ondas, como fuegos fatuos. El gato ronronea apoyado en un cojín. Lo sacan de su aturdimiento unos golpecitos en la puerta. Entra Friné y se sienta. Se sirven una copa.

TV.- Lo que faltaba. Los gabachos se suman al interminable número de acreedores que masticarán la insolvencia de la patria. ¿Qué será lo último, desenterrar a Napoleón y ponerlo de jefe de gobierno? Comienzan las tensiones políticas entre chinos y gibraltareños por la posesión legal de acciones bursátiles en Algeciras. Señores, los valores están cayendo en picado, Rockefeller recomienda que, quien no lo haya hecho todavía, mueva el trasero y se ponga a vender tierra ahorita mismo, ¡una ganga! ¿de qué sirve la tierra sino para plantar zanahorias? Comprad bonos del estado, sí, sí, a libre elección y sin intereses.
MORO.- La pira justifica el indulto.
FRINÉ.- Otros modos de disuasión había.
MORO.- No con ese apóstata.
FRINÉ.- Su mujer tolera la herejía.
MORO.- Le falta inquisición.
FRINÉ.- Durmiendo he dejado al menos a los churumbeles. Me los había desvelado ese pedazo de buey con sus berridos. He subido por tumbar el sueño y distraer los nervios.
MORO.- Puedes quedarte a correrla.
FRINÉ.- Y darte las gracias, chato, este vecindario a veces es demasiado.
MORO.- Es el compendio de lo que la gaceta calla a diario sobre el mundo, el ejercicio corregido de un gallinero de histriones y mamarrachos.
FRINÉ.- Qué lengua.
MORO.- Todos hacemos papel.
FRINÉ.- ¿Y cuál es el mío?
MORO.- Reina de corazones.
FRINÉ.- Di mejor concubina de San Pedro.
MORO.- Se te pagará con óbolo entonces.
FRINÉ.- Demasiado poco me quejo. Y tú, ¿no mereces?
MORO.- No todos profesamos esa fe. Es cosa de masones, desde el presidente hasta el Papa.
FRINÉ.- Esos podrían hacer federación.
MORO.- Ya la tienen. Y qué buen uso hacen de ella.
FRINÉ.- ¿No será tu amigo entonces concejal de algún ilustre ministerio?
MORO.- ¿Ventura? Es l'ami du peuple. No tiene oficio.
FRINÉ.- Pues tiene manos de escultor el niño.
MORO.- ¿Es hábil ese Praxíteles?
FRINÉ.- Es tocón más bien. De un talento precoz.
MORO.- ¡Lagarto! ¿Ha tomado lecciones hoy?
FRINÉ.- Ni siquiera me ha mandado ordenanza.
MORO.- Pues es raro, porque venía con su factótum.
FRINÉ.- ¿El niño de la pelambrera?
MORO.- El mismo.
FRINÉ.- El pobre espera siempre tras la puerta, como un lázaro. No hay jornada que asome metralla.
MORO.- Tómate otro trago.
TV.- Una terrible tormenta solar asolará el mundo, ¿tienes ya tu búnker? La bolsa se tambalea a ritmo de flamenco: no todo lo que viste de lunares es calé. La vida privada es la vida mejor, privaticemos a la familia real. Madrid-Barça, el partido del siglo, otra vez. ¿Estás acomplejado? Este trasto te dota, sí, Dios mío, funciona: yo era escéptico con esos cachivaches, hasta que desollé a la furcia de mi vecina, ¡pam! De una sentada.
FRINÉ.- No creas que medie siempre el patrimonio. Una también tiene sus holganzas. Cuando algo gusta, ¿dónde hay menos ánimo de lucro acaso?
MORO.- En las oenegés, dicen.
FRINÉ.- A otro con ese bulo.
MORO.- No, no, es un chollo al parecer. Esas congregaciones ácratas llenan las calles de asalariados, ¿es posible? Aquí el gato se ha quedado tieso, que es lo siguiente.
FRINÉ.- Su actuación es lo más parecido al despliegue de los barrios chinos.
MORO.- Las ancianas que se ven abordadas por los pupilos de las nuevas sectas huyen siempre con excusa, ¡qué dirían si no de su falta de humanidad!. La gente prefiere encontrarse con el vagabundo de a pie porque con ese apalabrado es políticamente correcto no justificarse. Las estampas de estos nuevos credos son más sugestivas que las de la santa iglesia apostólica. Niños con leucemia y espigados por la inanición. El Cristo de la Cruz ya no impresiona.
FRINÉ.- No seas bruto.
TV.- Proponen el nombre de piecita en la vuelta a la peseta 2015. ¡Ni siquiera piececita los muy!
MORO.- Sacan partido de la miseria espiritual. Cualquiera vende hoy su alma al Estado del bienestar, sin hallarlo. Y lo llaman por ello la nueva Fe. En todo hay competencia y prostitución, ¡es lo único que nos queda! Pelandusquear por dos tragos de veneno, aun siendo el beatífico doctor honoris causa y poeta de numen consumado.
FRINÉ.- ¿Con licencia de ilustrado?
MORO.- Firmada por el consejero de cultura.
FRINÉ.- Le hago reverencia ¿En tan embarazoso estado queda el reino?
MORO.- Y sin corona. Veo cada atardecer a los mejores talentos de mi generación vivir del luto de los porches. Friné, la diáspora es inminente y en España el Moisés que nos guía es un traidor activista en las empresas de trabajo temporal. Los chulo putas ya pueden cambiar de oficio por otro menos honroso si quieren salir de ésta.
FRINÉ.- ¿Por quién me tomas?
MORO.- Por una santa.
FRINÉ.- ¡Ah!
MORO.- Santa María Magdalena fue egregia en sus artes.
FRINÉ.- ¿Me estás llamando fresca?
MORO.- ¿La llamaban acaso a Agripina, hermana y amante de Calígula? Prefirieron conocerla por madre de Nerón.
FRINÉ.- Tuvo alta cuna.
MORO.- Mejor la tuvo Julio César. Por lo que parece fue arena de recreo de Nicomedes y el rival más aventajado de la mujer del último rey de Bitinia. Curión lo tildaba de marido de todas las mujeres y mujer de todos los maridos. Se debieron haber cantado sus barraganerías y sin embargo lo recuerdan, figúrate el absurdo, ¡por dictador!, ¡al gran gigoló Julio César!
FRINÉ.- ¿Y por qué otra cosa podrían conocerme a mí?
MORO.- Por Liscia, amantísima esposa del emperador Claudio.
FRINÉ.- ¿Por mujer de noble casta?
MORO.- Y escabel bien merecido.
FRINÉ.- No seas adulador.
MORO.- Más lograrías.
FRINÉ.- ¿Sin intenciones, por caridad?
MORO.- Filantrópicamente.
FRINÉ.- Mi marido parecía el macho perfecto, claro, diez años atrás. Ahora, quién lo sabe. Dos condenados me ha dejado, como dos gotas de vino. Cuando los miro intento no relacionarlos, pero el muy bruto se dejó el alma incrustada en esos mequetrefes.
MORO.- Algo tuyo tendrán.
FRINÉ.- Los luceros achispados cuando preguntan por papá.
MORO.- ¿Lo quieres aún?
FRINÉ.- La mujer de bien es una mula a la que cuanto más se le curte el lomo menos se obceca y más suya se le siente, y tanto se aprieta, tanto cuesta el despegarse. Si a veces cornea es para demostrar que luce asta y que si mansa, mansamente aprieta la muela y obedece. Hoy es tan fácil desplumar a un pollo que resulta una provocación no hacerlo. La ley ampara y cuando el cuerno de la hembra punza, lo hace lentamente, sin huella ni virilidad, para que no se sienta más que dentro, muy adentro.
MORO.- Tómate otra.
FRINÉ.- ¿Qué plan llevas?
MORO.- Sólo el de santificar las fiestas.
FRINÉ.- ¿Y esto es de beata? Vaya, buena botella. La aristocracia no trabaja con las manos, ¿te tiembla ya la tuya?
MORO.- Ando bien, ya puestos no derrames gota.
FRINÉ.- La tengo firme del cuello.
MORO.- Bien agarrada está.
FRINÉ.- ¿Tienes aguante?
MORO.- De gentilhombre.
FRINÉ.- ¡Uy! En esa materia no dejo franciscano con capucha.
MORO.- Remata entonces, no te extravíes.
FRINÉ.- Qué bien entra.
MORO.- Podría entrar mejor, ¿lo quieres con hielo?
FRINÉ.- Calienta lo mismo, majo.
MORO.- Apúralo entonces.
FRINÉ.- ¿Así?
MORO.- Eso es maestría.
FRINÉ.- ¿Has oído? Ha sido un aullido terrible.
MORO.- El perro de la Señora Carmen.
FRINÉ.- Baja el volumen, ¿El perro de la vieja urla así?
TV.- Comedme los […].
MORO.- Es un licántropo a estas horas.
FRINÉ.- ¿Y ese ruido de locomotora?



ESCENA QUINTA

La acción se desplaza a través de la puerta, cruza el rellano mudo y entra a saco en el salón de la Señora Carmen, donde el espectáculo es atroz. Abatidos y amordazados en dos sillones macizos se hallan Enrique Ventura y Juan Pescador. Preside la escena un hombre corpulento de casi dos metros con traje de mecánico. Una caja de herramientas y una máquina de coser constituyen el eje de los preparativos. El desenlace se presume sádico. La Señora Carmen sale y entra de la pieza, cargando con baldes de agua que salpican el suelo y diluyen la sangre degradándola hacia el rosa como en una jeringuilla de heroína. Un fuerte olor a cloroformo y otras sustancias volátiles irrita la atmósfera. Suena la sonata para violín, violoncello y clave de Corelli número doce, tocada por George Enescu (clima brillante).

EDUARDITO.- Oíd, oíd. Y sin embargo, chicos, Dios no existe. Si hay algo parangonable a la idea de Dios ése es Wolfgang Mozart, y se murió, hace mucho tiempo. Y yo me pregunto, joder, si alguien como Wolfie estiró la gamba, ¿qué se les pierde a dos hijos de puta como vosotros por el mundo? A ver si me explico, muchachos, no perdamos la calma, a ver si podemos ponernos de acuerdo de una vez: si Mozart, si el gran Amadeus, si el magnífico Wolfgang Amadeus Mozart ha podido morir, ¡amigos!, centrémonos, ¿de acuerdo? Si el sublime Mozart ha podido morir joven, con tan solo treinta y cinco tacos, ¿por qué cojones os va a doler a vosotros despediros de esta tierra? ¿Habéis escuchado ese motete que compuso antes de diñarla? ¡Hostias! ¡Vere passum, immolatum! Miradme los pelos, como varas de mimbre. Hay una frase que suscribe lo divino, escondida en el Ruhe Sanft o en las pruebas del fuego y el agua. Lo demiúrgico se desarrolla en lo que calla su et incarnatus est (punto importante: Eduardito utiliza sus aptitudes declamatorias). ¡Entra de cajón! Han espichado otros que podrían haber regido perfectamente este fastuoso orbe y que tras su muerte no ha ocurrido nada en absoluto; el jodido sol ha seguido chamuscándolo todo, los huracanes han seguido arrasando pueblos enteros, la hierba se ha seguido cortando todas las mañanas a manos de millones de jardineros, simultáneamente, como un milagro, joder, envenenaron a Napoleón, nadie ha hablado de Fonollosa, ¡Castro sigue vivo! De grandes como Freddie Mercury o Michael Jackson sólo quedan los huesos, y vosotros, vosotros, ¿lloriqueáis por vuestras vidas? Eternos como Beethoven hicieron escarceos de su testamento veinticinco años antes de expirar, divinos así, que hayan sufrido diarreas mefistofélicas y la amputación del sentido más preciado, como eunucos, tan contrario a la maravillosa progresión del movimiento lento de su última sonata. Ciego quedó Bach y desapareció del globo como por arte de fuga. Duendes como Schubert han conocido su fin en los burdeles, a pesar de sus soberbios tríos. ¡Aúpa!, hombres como Hemingway se han volado la chaveta y a otros como Lorca les han volado la chaveta, y vosotros os creéis indispensables, ¡sois unos ilustres!
SEÑORA CARMEN.- Eduardito, no seas duro con ellos.
EDUARDITO.- Gente así me hace perder el tino, madre, no puedo reprimirlo, ¡mira qué fachas tienen! Alegrad esa fisonomía, cabrones, que hoy es el día más conmovedor de vuestras vidas, no lo podréis negar. Si os ha pasado algo más emocionante que esto contádmelo porque os juro que entonces, sólo entonces seremos muy buenos compadres. ¡Tú, pánfilo! Dime, ¿has vivido algo más apasionante en tu vida que esto?

Eduardito, sólo después de preguntar, despega la cinta de la boca de Juan Pescador, que lo mira con ojos lunáticos.

EDUARDITO.- Grita y te daré motivos para hacerlo de la buena.
PESCADOR.- ¡Joder! ¡¡¡Ahhh!!! ¡por dios!
VENTURA.- ¡Mmm!
EDUARDITO.- Te incrusto el jodido destornillador en medio de los huevos esta vez si vuelves a berrear.
PESCADOR.- ¡Por favor! Sí, ¡sí!, he, he vivido algo más, más emocionante.
EDUARDITO.- Entonces cuéntanoslo, ¡carajo! Estamos deseando oírlo.
SEÑORA CARMEN.- Esa lengua en mi casa, ¡Eduardito! ¡Que eres una eminencia!
PESCADOR.- Un día estuve a punto de perder la, la, la polla. Salté la verja de la casa de campo de mi a-abuela. Me clavé una escoba en los genitales.
EDUARDITO.- ¡Santa Madonna! Hoy vas a perderlo todo, colega, ¿te parece acaso esa nimiedad digna de mención? En la guerra mundial se han perdido más pollas que en todo el genocidio indígena.
PESCADOR.- ¡Vale! Tengo otra. De pequeño los mayores del colegio me obligaron a mirar cómo abusaban de un compañero de clase.
EDUARDITO.- Joder, ¿y eso te parece apasionante? Maldito enfermo de los cojones, te mereces una cosa lenta.
PESCADOR.- ¡No!, ¡no!, quiero, quiero decir, tuve pesadillas durante tantos años. Lloraba en la cama antes de dormir. Era sólo un niño. (Solloza silencioso).
EDUARDITO.- Tío, me has acabado de abombar. Te contaré una cosa. El psicópata probablemente más célebre del siglo XV, el cabronazo de Gilles de Rais, aprendió a ser un mamón desde muy joven, leyendo las vidas de los doce césares de Suetonio y ofuscándose con los emperadores más desquiciados. Se cargó, primero, a su mejor amigo de la infancia, luego fue un berseker en la guerra, después lo nombraron canónigo tras violar y martirizar a todo tipo de criaturas, se dio a la brujería y a la alquimia y combinaba sus orgías tremendas con la tortura, vejación y matanza de cientos de niños. Y al final, después de ajusticiarlo mandándolo colgar, siguiéndole una comitiva al tío hasta el cadalso, lo entierran con pompas fúnebres y misas solemnes. Ahora el hijo de la gran perra es eximio, un personaje insigne. Se escriben monográficos sobre él, grupos de música adoptan su nombre. Maldita sea, si yo os matara ahora mismo, nadie apostaría por mí. ¡El canalla no era siquiera bueno en política!
PESCADOR.- No harías carrera.
EDUARDITO.- Esto te lo he contado para que no te desalientes. Ha habido rachas peores en el mundo, como puedes ver. Os lo he dicho, Dios no existe. Todavía no he pecado amenazándoos con asesinaros. Ni siquiera lo he hecho todavía. Y aunque lo hiciera, no pecaría. Si Dios no existe, ¿tiene sentido acaso el pecado? ¿Dios es un concepto extramoral, o qué narices es? ¿Puede aplicársele cierto perspectivismo? Claro, cambiaría la noción entre el punto de vista de un ateo y el de un creyente. Y tú, ¿qué piensas de todo esto?

Eduardito, sólo después de preguntar, despega la cinta de la boca de Enrique Ventura, que lo mira con ojos severos.

VENTURA.- No me importa una mierda tu idea de Dios.
EDUARDITO.- Debería importarte. Es lo único que puede salvarte el culo.
VENTURA.- Eres un alcornoque.
EDUARDITO.- ¿Cómo?
VENTURA.- Sí, hombre, un alcornoque. Ya sabes.
EDUARDITO.- Ya sé, ¿qué?
VENTURA.- De las contingencias del Cristo en Galilea, sus imprecaciones. Ay de vosotros los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis.
EDUARDITO.- ¿Qué les ocurre?
VENTURA.- Todo ese parlamento sobre el amor hacia el enemigo. El crucificado habla sobre amar a los enemigos.
EDUARDITO.- No me digas.
VENTURA.- Él mismo emplea el término con total autoridad: enemigo. En fin, haz lo que te gustaría que te hicieran, eso es anarquía.
EDUARDITO.- ¿Anarquía?
VENTURA.- Lo es. Y el primer principio que cumple la anarquía es el de contradicción. ¿Le corrompió el poder al nazareno? ¿Quién es culpable, quien se deja llamar señor o quien accede a sumirse?
EDUARDITO.- Ambos.
VENTURA.- Ninguno es culpable, pues existe el enemigo. Son contrarios, no culpables. Sólo ejecuta la ley quien la otorga. El juego está servido. Mira a tu madre y escucha las enseñanzas del Señor. Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé buen fruto.
EDUARDITO.- ¿Te parezco un alcornoque?
VENTURA.- Cuando eches brotes sabrás, al verlos, que es inminente el verano. Así, también vosotros, cuando veáis que está cerca mi pasión, sabed que se aproxima el Reino de la Libertad.
EDUARDITO.- ¿En qué lugar me deja a mí eso?
VENTURA.- Eres simplemente un pedazo de alcornoque, un esclavo.
EDUARDITO.- ¿Esclavo, de quién?
VENTURA.- No eres un hijo, eres un esclavo, eso es todo.
EDUARDITO.- Soy linaje de Abraham.
VENTURA.- El esclavo no se queda en casa para siempre, mientras que el hijo se queda para siempre. ¿Es ésta tu casa? Yo sé que sois linaje de Abraham y, sin embargo, intentáis matarme porque mi palabra no tiene cabida en vosotros.
EDUARDITO.- Mamá, ¿es ésta o no es ésta mi maldita casa?
SEÑORA CARMEN.- Nadie te echó, tú te fuiste solo, con ese pendón además, y nos dejaste a tu padre y a mí al fresco. Con esa golfa a cuestas, de picos pardos, que ni siquiera te ha dado un retoño para que le despeine la coronilla.
EDUARDITO.- ¡La madre del Cordero!, este hombre dice más verdad que un santo.
SEÑORA CARMEN.- No blasfemes en mi casa, te lo he dicho cien veces. Tu padre lleva horas embadurnado en sal. O los despellejas tú o traes las despabiladeras, que eres igual de zascandil que tu padre.
EDUARDITO.- ¡Con esas!, ¡delante de todo el mundo!, ¡con mi autor en cuerpo presente!
VENTURA.- Eduardito, tienes por madre al diablo y quieres cumplir las apetencias de tu madre. Cuando habla la mentira, de lo suyo habla, porque es mentirosa la madre de la mentira.
PESCADOR.- Carajo, Ventura, sálvate a ti mismo y a mí mismo, de paso.
VENTURA.- Aguanta, que arde Roma.
EDUARDITO.- ¡Padre!, ¡padre! ¿por qué me has abandonado? A punto estuve de obstinarme en mi papel de falso profeta. Este hombre es un apóstol.
SEÑORA CARMEN. San Judas Iscariote.
EDUARDITO.- ¡España tiene mártir! Sálvate y relata mi hazaña con los hombres.
VENTURA.- En evangelios sinópticos.
EDUARDITO.- ¡Madre! Te lo dijo el oráculo, tu hijo será emperador, pero cuando lo sea, ¡ay cuando lo sea!
SEÑORA CARMEN.- ¡Que me mata el majareta!
BLAS.- ¡Grrr!, ¡Aghaghgrrragh!
EDUARDITO.- Maldito forúnculo faldero, ven aquí, ¡Blasillo!, ¡Hijo del Gran Kan!
PESCADOR.- Con vergüenza lo digo, nos hemos mostrado débiles.
VENTURA.- La hormiga furiosa no suelta la tajada aunque sepan descuajarle la cabeza. La araña no juega en el reino del viento. Así te digo que nosotros, privados de alas, dejamos en la voz un canto como hilo nocturno que aguarda la ronda del moscón.
PESCADOR.- No sé, es posible. Quién sabe a estas alturas.
VENTURA.- Así sea.

Tras liberar a los dos amigos, Eduardito se enzarza con Blas y lo ensarta por un ojo con un gran destornillador, creando un desbarajuste sentimental en la Señora Carmen. Durante el entremés, Juan Pescador y Enrique Ventura aprovechan el batiburrillo para escapar por donde habían entrado. Salen de escena.



ESCENA ÚLTIMA

Gran dramatismo en la escena, más allá del ridículo. El rellano del cuarto piso, partido transversalmente por dos conjuntos de escaleras de una piedra poco modelada, raída, que campa prolongándose hacia arriba y abajo. La superficie del descansillo, como un purgatorio familiar, es pequeña y una luz sin fuerza la achica todavía más, acogiendo dos puertas, de derecha a izquierda, por donde desembocan los títeres de la acción: en un lado Tomás Moro y Friné, llamados por rumores extraños; en el otro, la Señora Carmen pidiendo auxilio, seguida de su hijo Eduardito, que trae enristrado en el destornillador a Blas, fiambre. Ambiente patético.

SEÑORA CARMEN.- ¡Socorro! ¡Mi Blasillo! ¡Que me lo ha enmorunao!
EDUARDITO.- ¡Un emperador! (Sacude al perro con el puño levantado heroicamente).
MORO.- Arrebújate detrás, Friné, que la traen movida. Señores, ¿no habréis visto por casualidad a dos jóvenes de esta estatura?
EDUARDITO.- ¡Dos faroles de Júpiter!
SEÑORA CARMEN.- ¡Que te han quemado las corneas!
EDUARDITO.- ¡Dos sibilas!
SEÑORA CARMEN.- ¡Dos pérfidos!
EDUARDITO.- ¡No se aventure, madre!
FRINÉ.- ¡Ay! ¡Qué le has hecho al animalito, bestia!
SEÑORA CARMEN.- Eso mismo le andaba preguntando yo.
EDUARDITO.- ¡Despejar las aguas del Flegetón!
TOMÁS MORO.- Dejar sin sereno las puertas del infierno.
FRINÉ.- ¡Tú dale ideas!
VENTURA.- ¡Tomás! ¡Hay que largarse!
MORO.- ¿Dónde estabas? ¿y Pescador?

Sale Enrique Ventura de la casa de Tomás Moro. Entra en escena.

VENTURA.- Se ha escoñao. Verás, el balcón, ¿A qué altura estamos?
MORO.- ¿Qué?
VENTURA.- Por las barbas de Tártaro, habéis conocido a Eduardito. ¡Estamos todos!
MORO.- Todos menos Pescador, ¿dónde está?
VENTURA.- Temo que en un sitio legendario. No habla ni se bulle. ¡Tan muerto es como mi abuelo! ¡O gran desventura!
EDUARDITO.- Mirad, he aquí mi padre: un currutaco, como siempre ha querido esta mujer funesta que fuera. ¡Y lo ha logrado! ¡Un juguete del destino! (Saca por los sobacos el cadáver del difunto, que cuelga arrastrando los pies).
MORO.- No será verdad.
VENTURA.- Como viste y calza.
SEÑORA CARMEN.- ¡Traición! ¡traición! ¡Ah! (la Señora Carmen se lleva la mano al corazón con un gesto escandaloso; empalidece súbitamente y cae de bruces con las patas envaradas).
EDUARDITO.- ¡No más nigromancias, madre!
VENTURA.- Necesito un trago (entra en casa de Tomás Moro).
DON TADEO.- ¡Tú! A ti hoy te plancho la camisa.
MORO.- No se moleste usted, que aún me queda que despeinarme.

Llega don Tadeo, resentido, completando el coro con voz de bajo.

FRINÉ.- Haya paz, don Tadeo, que uno se entiende si pone los puntos sobre las íes.
DON TADEO.- ¡Lo que voy a hacerle a éste es quitarle el punto sobre la i! (achucha a Tomás Moro y lo zarandea por el cuello. Forcejean).
MORO.- Don Tadeo, no se esfuerce, hombre, si usted nunca ha sido muy de letras. Si usted es más torero que otra cosa.
DON TADEO.- ¡Pues verás qué tintas me gasto!
MORO.- Las medias, don Tadeo, y cortando pernada, que nos conocemos. Noches más largas ha habido, y también piculinas más satisfechas.
DON TADEO.- ¡Bribón!
FRINÉ.- Haya paz, que para todo hay una palabra, ¡don Tadeo!
DON TADEO.- Sí, para todo, y la tuya es ¡so puta!
MORO.- Ahí iban dos.
FRINÉ.- ¡Pues mal la has escrito! ¡Hazle testamento, Tomasín!
VENTURA.- Toma papel y pluma.

Enrique Ventura escacharra una botella de orujo contra la cabeza de don Tadeo, que cae sin sentido.

EDUARDITO.- ¡Justicia!
FRINÉ.- Tiéntame, ¡ay! que aterrizo con el pico (se coge desfallecida de Tomás Moro, que la toma en brazos).
JOSÉ.- Suelta esa prenda, que no es tuya.
FRINÉ.- ¡Joselito!
VENTURA.- Se armó el tinelo.
MORO.- Mi reino por un trago.

Se une al corrillo José , marido prófugo de Friné, robusto, que suelta las maletas antes de alcanzar el rellano y sube la escalinata, lentamente, torvo.

JOSÉ.- ¡Friné!
FRINÉ.- ¡José!
JOSÉ.- ¡Friné!
FRINÉ.- ¡José!
JOSÉ.- ¡Friné! ¿y ese maldito?
FRINÉ.- ¡Joselito! (escapa de un brinco de los brazos de Tomás Moro y se lanza a los del recién llegado, que la aparta de un empellón para encararse a un palmo de Moro).
JOSÉ.- Quien deja la casa cerrada con llave, espera a la vuelta encontrarla tal y como la ha dejado.
EDUARDITO.- ¿Ve usted, madre?
FRINÉ.- Joselito, mira que no son horas.
JOSÉ.- ¡Pues crees que no lo veo! (Sin despegar el ojo de Tomás Moro).
FRINÉ.- ¡Ha sido un mareo!
MORO.- Soy testigo.
FRINÉ.- ¡Ha sido la impresión! ¡Ten ley, José!
JOSÉ.- No es un crimen matarlo de un golpe.
FRINÉ.- ¡José! ¡Tu decoro!
JOSÉ.- ¡¿Y mi honra?! ¿Quién es toda esta gente? (contempla lentamente el escenario).
FRINÉ.- ¡Vecinos! ¿No recuerdas a la Señora Carmen? (José mira el cuerpo fulminado, rechoncho y rígido de la Señora Carmen) ¡y a Blasillo! (Friné señala estúpidamente al perro atravesado y occiso, mustio en el suelo), y a su marido, el señor Abraham (desplaza el dedo tembloroso hacia la imagen grotesca de Eduardito cogiendo a pulso los despojos desnudos de su padre) y al de la puerta de enfrente, ¡don Tadeo! (improvisa una mirada pretendidamente natural hacia el inconsciente, que yace espatarrado en el suelo entre vidrio hecho trizas).
JOSÉ.- ¿Y quién es este sopla gaitas? (se vuelve de nuevo hacia Tomás Moro).
MORO.- Si ha oído usted concierto antes, no era yo quien la soplaba.
JOSÉ.- ¡Demonio! (agarra desquiciado el cuello de Moro).

Ruedan ambos engrescados, escaleras abajo. Preside a la pareja un ruido de huesos machacados y peldaños. El desenlace es rápido: llegan ambos sin pulso.

VENTURA.- ¡Más descalabros!
FRINÉ.- ¡Mi Joselito! ¡Demasiado pronto le he conocido sin verle, y le he visto demasiado tarde!
VENTURA.- Se ha quedado para un plis.
FRINÉ.- ¿Qué hacemos?
VENTURA.- Pasará un rato antes de que tomen aliento.
FRINÉ.- ¿Y si alguno se ha dejado llevar por lo místico?
VENTURA.- Entonces habrase hecho su voluntad.
EDUARDITO.- ¿Madre?
FRINÉ.- ¡Qué amanecer! Cuánto que no lo veía... ¿Tomamos la última mientras esperamos?
VENTURA.- Me parece. Como el tirano, tomar la última mientras la plebe despierta.
FRINÉ.- No sé, no me importa, sólo quiero paz. Nada de bulla. Y en cuanto pueda najo de este manicomio.
EDUARDITO.- Vi a un ángel que bajaba del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena de la mano (absorto en sus elucubraciones).

Se oyen rumores de vecinos curiosos por el escándalo. Alguien ha debido llamar a la policía. A lo lejos suena una sirena como una náyade furiosa.

FRINÉ.- Tu amigo me ha comparado con esposa de emperador, como si yo fuera, ¡no sé! ¡Ja!
VENTURA.- Si el mundo fuera justo, Friné, tú serías la musa de François de Sade.
FRINÉ.- ¿Otro de alto abolengo?
VENTURA.- Marqués.
FRINÉ.- ¿En serio?
VENTURA.- Juliette te llamarías.
FRINÉ.- Me gusta ese nombre. Suena tan...
VENTURA.- ¿Francés?
FRINÉ.- ¡Sí...! Y valsar en los salones del lujo... Oye, ¿y esa botella?
VENTURA.- Sírvete tú misma.
FRINÉ.- No me tiembla la mano, ¿sabes?
VENTURA.- Así sea.

Telón.